En una colonia, una vecina lleva meses reclamando por el agua. Otro pide alumbrado público en la calle por la que regresan de noche quienes estudian o trabajan tarde. Otra exige que el transporte pase después de las diez de la noche. Cada reclamo va a una oficina distinta y se atiende por separado o no se atiende. Un día, en una asamblea, alguien resume todo en una frase: «Nos tienen abandonados». La frase corre por los chats, aparece en una manta y quienes nunca habían ido a una reunión empiezan a asistir.
¿Esa frase expresa algo democrático: gente sin voz que encuentra cómo hacerse oír? ¿O amenaza algo, un «nosotros» que empieza a ver a los demás como enemigos? Es la pregunta de esta entrada. Antes de seguir, puede servir anotar una respuesta, aunque sea provisional.
La palabra populismo suele llegar ya cargada. Se usa como insulto, como diagnóstico o como advertencia, casi nunca como definición. En octubre de 2026 se vio desde lados opuestos. En España, un columnista acusó al presidente del gobierno de populismo por sustituir, según él, la legitimidad del Parlamento por la de la calle. En Argentina, el presidente programó en Washington una conferencia sobre el crecimiento económico «tras décadas de populismo». En ambos casos la palabra nombra al adversario, pero ninguno dice qué entiende por ella.
Ahí aparece la primera dificultad. Para saber si el populismo expresa o amenaza la democracia, hay que definir primero qué es el populismo. Y como se vio en «¿Qué significa que el pueblo gobierne?», ni “democracia” ni “pueblo” significan una sola cosa.
Ernesto Laclau (2005) propone una respuesta poco habitual. Para él, el populismo no es una ideología con contenidos fijos ni un tipo de movimiento, sino una lógica política: una manera de construir un pueblo. Su punto de partida es la demanda.
Una demanda aislada, como la del agua o la del alumbrado, puede atenderse por separado; el sistema la absorbe como un trámite. Cuando muchas quedan sin respuesta, empiezan a enlazarse por lo que comparten: la frustración ante quien no las atiende. Laclau llama cadena equivalencial a ese enlace.
Para que la cadena se vuelva identidad, algo tiene que nombrarla. Una demanda o una frase pasa a representar a todas y, para poder hacerlo, se vacía de contenido preciso: “nos tienen abandonados” no dice qué falta y, por eso, cabe todo. Laclau la llama significante vacío. El nombre no describe a un grupo que ya existía, sino que ayuda a formarlo, y en esa formación intervienen los afectos, no solo los cálculos.
El resultado es una frontera: de un lado, una parte, la plebs, que reclama ser el pueblo entero, el populus; del otro, un antagonista. En el barrio, la manta trazó esa frontera.
Desde esta mirada, la pregunta del título recibe una respuesta incómoda: el populismo, por sí solo, ni expresa ni amenaza la democracia. Es una forma. Puede dar voz a demandas que el orden institucional ignoraba, y el propio Laclau reconoce que proyectos muy distintos, de izquierda a derecha, pueden adoptarla. Juzgarlo exige mirar qué contenidos llenan esa forma.
Cas Mudde y Cristóbal Rovira Kaltwasser (2019) parten de otro lugar. Para ellos, el populismo es una ideología delgada, con un núcleo pequeño que casi siempre se combina con otra más amplia, como el socialismo o el nacionalismo. Ese núcleo tiene tres ideas:
- un pueblo presentado como puro y homogéneo;
- una élite presentada como corrupta y también homogénea;
- la convicción de que la política debe expresar la voluntad general del pueblo.
Su contrario no es solo el elitismo, que supone una élite sabia y un pueblo ignorante. También lo es el pluralismo, que concibe la sociedad como un conjunto de grupos con intereses distintos que deben negociar entre sí.
Su respuesta a la pregunta es ambivalente y vale la pena tomarla tal cual. El populismo puede funcionar como un corrector: pone sobre la mesa temas que las élites evitaban y moviliza a quienes no participaban. También puede funcionar como amenaza, porque su lógica moral, de puros contra corruptos, convierte a los adversarios en enemigos y desconfía de todo lo que limita a la mayoría: tribunales, prensa, derechos de las minorías. Para estos autores, el populismo choca menos con la democracia entendida como soberanía popular que con la democracia liberal, que impone límites a dicha soberanía.
Así, la pregunta del título se desdobla. ¿Qué democracia es la que el populismo expresaría o amenazaría? Si la democracia es que el pueblo gobierne, el populismo puede parecer su expresión más directa. Si la democracia también incluye proteger a quien pierde, cuidar el desacuerdo y limitar a la mayoría, el mismo fenómeno se presenta como un riesgo.
En el barrio, ambas cosas pueden ocurrir a la vez. La frase sacó a la luz reclamos que nadie atendía. Pero si el «nosotros» empieza a tratar al vecino que no está de acuerdo como parte de «ellos», algo se pierde, aunque la asamblea se llene.
¿Expresa o amenaza, entonces? Desde estas dos perspectivas, una posible respuesta es que el populismo hace visible un conflicto que ya existía y que la pregunta decisiva es qué hace con él. Puede abrirlo a la discusión o cerrarlo en torno a una frontera moral. Es una respuesta tentativa, construida desde la teoría del discurso en el caso de Laclau y desde la ciencia política comparada en el de Mudde y Rovira Kaltwasser.
Otros enfoques lo entienden como una estrategia de liderazgo personal que busca apoyo directo de las masas, sin pasar por organizaciones intermedias, y desde ahí la respuesta cambiaría de nuevo. Las dos lecturas de esta entrada coinciden en algo: el desacuerdo es un hecho de la vida colectiva. Difieren en lo que el populismo hace con él.
Hay límites que conviene tener a la vista. Ninguna de las dos obras ofrece un criterio común para determinar si un caso concreto es populista. Aplicarlas exige elegir una definición, justificarla y señalar qué elementos de un discurso la sustentan. Además, en América Latina la palabra misma forma parte del conflicto: usarla ya es, muchas veces, tomar posición.
El barrio fue un primer ensayo. El siguiente ensayo puede hacerse con un discurso real y un giro: elegir uno que acuse a otros de populismo. Basta con un mapa de cinco preguntas: qué pueblo construye, quién es el antagonista, qué demanda reúne, dónde traza la frontera y qué promete. Al compararlo con las dos definiciones de esta entrada, quedan dos preguntas: ¿construye ese discurso también un «nosotros» frente a un «ellos»? ¿Y qué sigue sin convencer?
Hace cuatro siglos, un pueblo entero respondió con un solo nombre. En Fuenteovejuna, la comedia de Lope de Vega publicada en 1619, los vecinos de una villa matan al comendador que abusa de ellos. Cuando un juez los interroga, uno por uno, para encontrar al culpable, todos responden lo mismo: Fuenteovejuna lo hizo. El nombre de la villa deja de ser un lugar y se convierte en un sujeto: un «nosotros» que no existía con esa fuerza antes del conflicto.
Leída junto a Laclau, la obra muestra cómo un nombre puede construir un pueblo. Leída junto a Mudde y Rovira Kaltwasser, deja una pregunta incómoda: ¿qué pasa con la responsabilidad individual cuando todos se vuelven uno?
Quien quiera escuchar a Laclau con sus propias palabras y en pocas páginas puede leer su artículo de 2006 en la revista Nueva Sociedad, de acceso libre. En el mismo número, Ludolfo Paramio adopta una posición mucho más crítica respecto del regreso del populismo en la región. Leídos uno tras otro, permiten ver el desacuerdo en esta entrada entre dos autores que observan los mismos años.
Referencias bibliográficas
Otras puertas de esta serie
- ¿Qué significa hablar o actuar en nombre de otros?
- En Comportamientos electorales: nosotros contra ellos: la identidad social frente a la urna · ¿qué es un sistema de partidos institucionalizado y qué cambia para quien vota?
- Apuntes para politólogas y politólogos en construcción · Cómo leer este espacio

Deja una respuesta