Siete de diez integrantes de un colectivo votan reservar el único espacio compartido para una actividad que las otras tres no pueden aprovechar. La votación fue limpia y el resultado es claro. ¿Con eso basta? El ejemplo es inventado para esta entrada.
Una elección con mayoría clara parece resolver la pregunta de quién gobierna. Mouffe y Lefort sostienen que ahí empieza un problema: qué se le debe a quien perdió y qué impide que quien ganó ocupe el poder de forma definitiva.
Mouffe (1999) distingue lo político de la política. Lo político es la dimensión de antagonismo, hostilidad y conflicto presente en las relaciones humanas, y la política es el conjunto de prácticas e instituciones que organizan la coexistencia bajo esas condiciones. A partir de esa distinción critica los modelos de democracia que buscan un consenso racional, como los asociados a Rawls y Habermas: sostiene que todo consenso se apoya en una exclusión y que pretender superarla oculta relaciones de poder. Agrega la idea de exterior constitutivo: toda identidad colectiva, un «nosotros», se constituye frente a un «ellos». Por eso el objetivo de la democracia no es eliminar el antagonismo, sino transformarlo en agonismo: una relación entre adversarios legítimos que comparten los principios de libertad e igualdad, pero disputan su interpretación. La democracia pluralista se mueve entre dos lógicas en tensión: la liberal, de derechos individuales, y la democrática, de soberanía popular.
Lefort (1990) sostiene que la democracia moderna supone una mutación simbólica. En el Antiguo Régimen el poder estaba encarnado en el príncipe, que unía poder, ley y saber. La democracia desincorpora ese poder y lo deja como un lugar vacío: nadie puede apropiárselo de forma permanente, y quienes lo ejercen lo hacen de manera transitoria y sujeta a elecciones periódicas. Eso implica una indeterminación: la sociedad democrática no tiene un fundamento último y debate de manera continua sus bases. Lefort asocia el totalitarismo con el intento de cerrar ese vacío: la fantasía de un Pueblo-Uno, con el poder encarnado en un partido o un líder, que niega la división de la sociedad.
Para ambos, el conflicto y la división son condiciones de la democracia y no fallas. La mayoría tiene límites porque la democracia requiere reconocer al adversario como legítimo y mantener abierto el lugar del poder. Es una lectura conjunta propia de esta entrada. Las posturas que defienden el consenso deliberativo no aceptan que todo consenso sea una exclusión, y esa discusión sigue abierta. En cuanto a los límites de la mayoría, se discuten con razones, y la Ciencia Política puede preguntar qué instituciones los fijan en la práctica y con qué resultados.
Mouffe y Lefort escriben desde la teoría política europea y su nivel de abstracción es alto. Ninguna de las dos lecturas establece qué instituciones concretas fijan límites a una mayoría. Distinguir al adversario del enemigo en un caso requiere fuentes sobre cómo los actores se tratan entre sí.
La imagen de Lefort, un trono sin ocupante, es lo que da sentido al resto de su argumento y conviene retenerla durante la lectura. En Mouffe, el par adversario y enemigo organiza el libro, y buscar dónde lo introduce y cómo lo define es una buena guía.
¿Qué distingue a un adversario legítimo de un enemigo político en una decisión mayoritaria que afecta a una minoría? Escribir la discusión desde la posición de cada parte, y anotar qué reglas compartiría cada una, ayuda a ver la diferencia.
Referencias bibliográficas
Lefort, C. (1990). La invención democrática: Los límites de la dominación totalitaria. Nueva Visión.
Mouffe, C. (1999). El retorno de lo político: Comunidad, ciudadanía, pluralismo, democracia radical. Paidós.

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