El dueño de un edificio de cuarenta departamentos anuncia un aumento de renta y pide hablar con una sola persona. No piensa reunirse con cuarenta. En el chat de vecinos alguien propone votar; otra persona sugiere sortear, porque así nadie se impone. Sortear supone que cualquiera podría hacerlo; votar, que alguien lo haría mejor. Al final eligen a la vecina del 3B, que habla bien y no se intimida.
En la reunión, el dueño ofrece algo que nadie había previsto: congelar la renta durante un año si los inquilinos pagan la reparación del elevador. ¿Responde ella en ese momento o regresa a preguntar? Y si acepta, ¿aceptaron los cuarenta?
Esa escena encierra la pregunta de esta entrada: ¿qué significa hablar o actuar en nombre de otros? Antes de seguir, puede servir anotar una respuesta, aunque sea de una línea.
En una democracia, la respuesta suele parecer sencilla: se elige a alguien y esa persona representa. Pero en el edificio no todos están de acuerdo en que la vecina del 3B sea su representante. Para unos, basta con que la hayan elegido. Para otros, eso no alcanza: solo representa si defiende lo que el edificio necesita. Otros más se fijan en quién es ella. Tiene un sueldo estable, mientras la mayoría vive al día, y piensan que los representaría mejor alguien a quien el aumento le afectara como a ellos. Y hay quien siente que, decida lo que decida, frente al dueño, ella es el edificio.
Hanna Pitkin (1985) dedicó un libro entero a demostrar que esas respuestas no son confusiones. Son sentidos distintos de la misma palabra y, a veces, chocan entre sí. Representar, en su planteamiento, es hacer presente, de algún modo, algo que no está literalmente presente. Los cuarenta inquilinos no están en la reunión y, sin embargo, algo de ellos debería estar allí. Lo difícil es decir qué.
Pitkin distingue cuatro respuestas:
- La formalista mira el procedimiento: alguien representa porque fue autorizado para actuar en nombre de otros y porque después tendrá que rendirles cuentas.
- La descriptiva atiende a la semejanza: alguien representa porque se parece a los representados por género, origen, edad o clase, como si la asamblea fuera un retrato en miniatura de la sociedad.
- La simbólica se fija en la capacidad de despertar lealtad o confianza, como lo hace una bandera.
- La sustantiva atiende a lo que se hace: alguien representa porque actúa en interés de los representados.
En la sustantiva se evidencia la tensión que la vecina enfrenta ante el dueño: seguir las instrucciones recibidas o actuar según su propio juicio. Pitkin no se queda en ninguno de los dos extremos. Quien solo obedece se parece más a un mensajero y quien nunca escucha deja de representar a alguien.
La semejanza parece el sentido más fácil de comprobar, y no lo es. En octubre de 2026, el Instituto Estatal Electoral de Chihuahua estableció que, en los municipios donde presenten planillas, los partidos registren fórmulas integradas por personas de entre 18 y 29 años, y fijó candidaturas indígenas en 34 municipios. Es una representación descriptiva convertida en regla: que en los ayuntamientos haya quien se parezca a quienes rara vez llegan a ellos. La regla, sin embargo, deja abierta otra pregunta: ¿un regidor de 24 años actuará en interés de los jóvenes por tener 24 años?
Esa misma semana, en Hidalgo, menos de la mitad de las comunidades indígenas convocadas participó en los foros para definir las reglas de esas candidaturas. Entre las propuestas recibidas apareció la de evitar la usurpación, es decir, que alguien se presente como indígena sin serlo para ocupar un lugar reservado. La semejanza requiere pruebas, y decidir quién las define vuelve a ser un problema de representación.
Bernard Manin (1998) añade una dificultad que desplaza el punto de partida. Se da por hecho que elegir es la forma democrática de designar representantes. En Atenas, la mayoría de los cargos se asignaba por sorteo y la elección se reservaba para unos pocos, como los mandos militares. Elegir se asociaba con seleccionar a los mejores, un rasgo más aristocrático que democrático.
Según Manin, los fundadores del gobierno representativo en Inglaterra, Estados Unidos y Francia no lo concibieron como una democracia indirecta, sino como un sistema distinto. Madison esperaba que la representación refinara y ampliara las opiniones del público; Sieyès la veía como una división del trabajo. Manin llama principio de distinción a esa expectativa: que quienes gobiernan sean distintos y, en algún sentido, superiores a quienes los eligen. La vecina del 3B fue elegida porque habla bien, algo que un sorteo nunca habría tenido en cuenta.
Manin describe el gobierno representativo con cuatro rasgos:
- la elección periódica de los gobernantes;
- cierta independencia de estos respecto de los deseos del electorado;
- la libertad de la opinión pública;
- la toma de decisiones tras un proceso de discusión.
En ese diseño, el electorado no da instrucciones: juzga después. Su influencia es retrospectiva y evalúa lo que los representantes hicieron con cierta autonomía. Si la vecina acepta el trato del elevador, el edificio no puede rescindirlo. Puede, a lo sumo, no volver a elegirla.
¿Qué significa, entonces, hablar en nombre de otros? Con lo recorrido hasta aquí, una respuesta posible sería esta: actuar en interés de quienes no están presentes, con un margen propio de decisión y aceptar ser juzgado por ello. Es una respuesta tentativa, construida desde una perspectiva específica: el análisis conceptual de Pitkin y la historia de las instituciones electorales de Manin.
Desde otras perspectivas, la respuesta cambia. Hay quien ve en la distancia entre representantes y representados un espacio útil para deliberar con más calma de la que permiten las presiones del momento. Hay quien la ve como un límite por corregir, con mandatos más estrictos, consultas o, de nuevo, sorteos. Esa discusión sigue abierta. Lo que sí parece claro es que “elegir a alguien” no responde por sí solo la pregunta del título: dice cómo se designa a quien representa, no qué significa que represente.
Las dos lecturas tienen límites visibles. Pitkin trabaja con el vocabulario de la teoría política anglosajona; Manin, con la historia de Inglaterra, Estados Unidos y Francia. Ninguno analiza los sistemas representativos de América Latina, donde conviven las elecciones, las cuotas y las formas comunitarias de designar autoridades. Aplicar sus categorías a un caso requiere fuentes sobre las reglas y el funcionamiento de cada institución.
La reunión con el dueño fue un primer ensayo. Una controversia real permite ir más lejos: las fórmulas juveniles de Chihuahua, las candidaturas indígenas de Hidalgo, una cuota de género o la manera en que un partido define sus candidaturas. Basta con un cuadro con los cuatro sentidos de Pitkin en las filas y, al lado, qué aspecto de la controversia aborda cada uno. Al terminarlo, quedan dos preguntas. ¿Qué sentido de representación da por hecho cada postura? ¿Y cuál no aparece en ninguna?
Si en el edificio hubieran sorteado, ¿la vecina del 3B representaría menos? Yves Sintomer (2017) toma en serio esa posibilidad en un artículo de acceso abierto. Reconstruye la lógica del sorteo en la democracia ateniense y examina por qué vuelve hoy, en asambleas y paneles ciudadanos elegidos al azar. Se pregunta, además, si ese regreso recupera algo de aquella democracia radical o si solo mejora la deliberación.
Quien quiera ir a la fuente que Manin y Sintomer leen puede abrir la Política de Aristóteles, disponible en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. Los pasajes en los que compara la designación de magistrados por sorteo y por elección muestran que la pregunta del edificio tiene más de dos mil años y que todavía no se ha cerrado.
Referencias bibliográficas
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