Si ya hemos comprendido que el orden institucional distribuye la credibilidad de manera profundamente asimétrica, negándoles sistemáticamente la voz a los sectores subalternizados, el siguiente paso analítico nos exige abandonar la mirada pasiva. El poder no ejerce su dominio sobre un vacío ni sobre personas dóciles. Existe una pulsión de supervivencia intelectual y política que se activa precisamente en las zonas de exclusión. La gran interrogante que debe ocuparnos hoy es: ¿cómo se produce y se legitima el conocimiento cuando se habita en la periferia de la sociedad?
Para desarmar la maquinaria de la dominación cognitiva, José Medina, en su obra The Epistemology of Resistance, nos confronta con una realidad perturbadora: las élites y los grupos hegemónicos no padecen una simple falta de información sobre las condiciones de vida de las personas oprimidas. Lo que ejercen cotidianamente es una ignorancia activa. Este concepto resulta fundamental para nuestro instrumental crítico, ya que describe un mecanismo estructural mediante el cual los grupos privilegiados se organizan sistemáticamente para no saber, no ver y aislarse de cualquier evidencia empírica que ponga en riesgo su posición de dominio. Frente a esta ceguera institucionalizada, las comunidades marginadas se ven obligadas a desarrollar una resistencia epistémica.
Quienes sufren el racismo, la opresión de clase o la exclusión territorial en América Latina no pueden darse el lujo de la ignorancia. Para sobrevivir, necesitan comprender a la perfección las reglas, los códigos y la racionalidad del mundo hegemónico que los oprime, pero, al mismo tiempo, deben preservar y cultivar los saberes propios de su comunidad. Esta doble visión les otorga una ventaja analítica insospechada: ven las fisuras del sistema con una claridad que le está negada a quienes habitan en la comodidad del privilegio.
Para anclar normativamente esta discusión, es indispensable dialogar con Sandra Harding y su texto clásico Ciencia y feminismo. Harding asesta un golpe definitivo a una de las ilusiones más persistentes y dañinas de la ciencia política tradicional: la idea de que quien investiga puede situarse en un punto neutral, objetivo y desapegado, observando la realidad como si fuera un dios sin cuerpo. Contra esta fantasía del observador imparcial, Harding argumenta que todo conocimiento humano es, de manera ineludible, un conocimiento situado.
La experiencia vital, el cuerpo, el territorio y la posición en la estructura social determinan profundamente las preguntas que formulamos y lo que somos capaces de percibir. Reconocer esto no implica caer en un relativismo estéril donde todas las opiniones valen lo mismo, sino asumir que la verdadera objetividad solo se alcanza cuando partimos de la vida y los problemas materiales de quienes están en la base de la pirámide social. Desde un punto de vista democrático y emancipatorio, despojar de autoridad a los saberes populares no es un error metodológico; es una estrategia deliberada para perpetuar el orden vigente.
Quienes se preparan para analizar lo público tienen como deber desconfiar de las narrativas oficiales que se presentan como la única verdad técnica o aséptica. Esta bitácora es apenas una provocación para desestabilizar sus certezas metodológicas. El conocimiento situado no convierte toda afirmación en equivalente; obliga a preguntar desde dónde se mira, qué se deja de ver y quién paga ese punto ciego. Esa pregunta se vuelve más exigente cuando se lee a Medina y Harding en sus propios términos.
Referencias bibliográficas
Otras puertas de esta serie:
- La desigual distribución de credibilidad que hace necesaria esta resistencia se explica en El monopolio de la verdad: por qué el poder decide a quién le creemos.
- Para evitar que clase, raza, género y territorio se analicen como compartimentos separados, continúa en El cruce de los caminos: por qué la dominación nunca viaja sola.

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