Cuando encendemos el televisor por las mañanas para escuchar las noticias o cuando revisamos la prensa, notamos de inmediato cómo ciertas muertes ocupan portadas enteras, generan prolongados discursos oficiales de indignación y paralizan por completo a la opinión pública, mientras que otras pérdidas —decenas, cientos de ellas, especialmente en los márgenes urbanos o en las fronteras de nuestro país— son reducidas a cifras frías, a daños colaterales o a notas al pie absolutamente ignoradas. La ciencia política tradicional no nos ofrece herramientas suficientes para explicar esta brutal disparidad. Para comprender esto, necesitamos descender al terreno más sombrío de la teoría política: el espacio donde se define quién cuenta verdaderamente como humano. La pregunta que guía esta reflexión es, quizás, la más desgarradora que podemos formularnos: ¿qué vidas aparecen en nuestra sociedad como protegibles y cuáles son sistemáticamente descartables?
Para comprender esta interrogante, podemos volver a la reflexión de Judith Butler. En su obra Vida precaria, Butler propone un giro radical en la forma en que solemos entender nuestra propia existencia. La modernidad capitalista nos ha entrenado tenazmente para pensarnos como individuos plenamente autónomos, autosuficientes y cerrados sobre nosotros mismos, en un esquema en el que la vulnerabilidad se percibe como una falla temporal, un error del sistema que el Estado o el mercado deberían reparar. Sin embargo, Butler demuestra que ser vulnerables es nuestra condición originaria e ineludible. Estamos, desde el primer aliento, entregados a los demás, expuestos a la mirada, al cuidado y también a la violencia del otro. No obstante, el drama político radica en que esta condición compartida no se distribuye de manera equitativa. El orden institucional interviene para administrar esa exposición a la violencia, arrojando a poblaciones enteras a una situación de extrema precariedad.
Esta gestión diferencial de la vida nos lleva al núcleo de otro de sus textos fundamentales, Marcos de guerra. Butler advierte algo escalofriante: no basta con estar vivos en términos puramente biológicos para existir en términos políticos. Para que una vida sea aprehendida y valorada como tal, debe transitar por un marco cognitivo y normativo. Los grandes medios de comunicación, las políticas de seguridad nacional y las narrativas estatales operan precisamente como marcos que iluminan ciertas realidades (vidas llorables) y dejan otras en la más absoluta oscuridad. Estos esquemas de percepción determinan los límites precisos del reconocimiento; deciden de antemano quién posee un rostro humano que exige protección incondicional y quién es considerado una simple amenaza anónima que debe neutralizarse.
Las consecuencias materiales de este andamiaje son brutales y nos exigen una postura ética innegociable. La prueba de fuego para saber si una vida ha sido reconocida como tal es su capacidad para suscitar duelo. Si la pérdida trágica de una persona no genera un luto público, si su muerte no rasga el tejido de la comunidad ni provoca una exigencia de justicia, entonces, a los ojos del poder, esa persona jamás estuvo verdaderamente viva. Normativamente, este es un punto de quiebre absoluto. No podemos sostener la ilusión de habitar en una democracia legítima mientras nuestras instituciones operen bajo lógicas que producen sistemáticamente vidas inherentemente no llorables. Cuando normalizamos que los cuerpos de los migrantes, de las mujeres en las periferias o de las juventudes empobrecidas no merezcan luto, estamos participando activamente en la perpetuación de un orden homicida.
Como futuras y futuros analistas de lo público, su deber profesional es desarticular estos encuadres. Al observar la realidad, no se detengan en los datos superficiales; pregunten siempre quién queda excluido del marco de lo humano. Ante cada muerte convertida en cifra, la pregunta política es qué marco permitió que no provocara duelo ni justicia. Butler ayuda a rastrear ese marco en instituciones, medios y prácticas cotidianas.
Referencias bibliográficas
Otras puertas de esta serie
- La interdependencia que este texto sitúa bajo la violencia se discute previamente en La autonomía como ficción: por qué necesitamos pensar la política desde el cuidado.
- Para volver al inicio de este recorrido, donde se cuestiona la igualdad que borra las diferencias, entra en El mito de la venda en los ojos: por qué la verdadera igualdad exige reivindicar la diferencia.

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