Durante décadas, las herramientas analíticas de nuestra disciplina han operado bajo la cómoda ficción de que las categorías sociales actúan en compartimentos estancos. Estudiamos, por un lado, la clase social; por otro, el género; por otro, la raza; y, quizás en algún apartado secundario, el territorio o la orientación sexual. Sin embargo, las personas no experimentan la opresión de forma aislada. Las fracturas del poder se cruzan, se superponen y se potencian mutuamente de formas explosivas. La pregunta que interpela nuestras certezas analíticas es: ¿cómo debemos conceptualizar los márgenes y la dominación cuando las opresiones se anudan en el cuerpo y en la vida cotidiana de las personas?
Para superar esta incapacidad analítica heredada, aparece la formulación inaugural de Kimberlé Crenshaw. En su célebre texto “Cartografiando los márgenes”, Crenshaw acuñó el concepto de interseccionalidad para dar cuenta de una falla estructural en el derecho antidiscriminatorio estadounidense: un vacío que invisibilizaba por completo la situación de las mujeres negras al analizarlas exclusivamente como mujeres (borrando su dimensión racial) o como personas negras (borrando su dimensión de género). Utilizando la potente metáfora de un cruce de calles en el que los vehículos proceden de distintas direcciones, Crenshaw demostró que la experiencia de la discriminación no es la simple suma aritmética de varios factores aislados, sino un cruce de caminos en el que se configura una forma específica y cualitativamente distinta de violencia estructural. Si ignoramos este cruce, el análisis político se vuelve insensible ante los sectores más vulnerables de la sociedad.
Esta aportación fundacional encuentra anclaje en nuestra realidad latinoamericana a través de las reflexiones de Mara Viveros Vigoya. En su trabajo sobre la interseccionalidad como una aproximación situada a la dominación, Viveros advierte sobre los peligros de importar acríticamente categorías teóricas sin atender a las espesuras históricas de nuestra región. En América Latina, las jerarquías de clase, las marcas coloniales de la raza y las asimetrías de género están profundamente arraigadas en la estructura agraria, el extractivismo y la geografía urbana. Analizar un conflicto socioambiental o una protesta por el agua sin incorporar una mirada interseccional condena a entender el fenómeno a medias, ignorando por qué los costos de la devastación ambiental recaen de manera desproporcionada sobre mujeres racializadas y empobrecidas.
Asumir la interseccionalidad como una herramienta metodológica y normativa desafía por completo nuestra labor académica. No podemos seguir evaluando la eficacia de las políticas públicas ni la calidad de nuestra democracia bajo el supuesto de una figura abstracta de ciudadanía, desprovista de cuerpo, territorio y adscripción identitaria. Un orden político que produce y tolera la exclusión diferencial de sujetos situados en las confluencias de la opresión es un orden que hace agua en su propia legitimidad democrática.
La interseccionalidad no añade variables a una lista: obliga a cambiar la pregunta para no convertir en invisible la experiencia que nace de su cruce. Crenshaw y Viveros Vigoya ofrecen dos puntos de partida para realizar ese cambio con rigor.
Referencias bibliográficas
Otras puertas de esta serie
- La pregunta por los saberes que nacen desde posiciones subalternizadas se abre en La rebelión de los saberes: cómo se forja el conocimiento desde los márgenes.
- Para trasladar esa crítica de los sujetos abstractos a la organización material de la vida, continúa en La autonomía como ficción: por qué necesitamos pensar la política desde el cuidado.

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