Dos municipios vecinos votan el mismo domingo. En uno, el ganador se impone por 3 puntos y vota más de la mitad del padrón; en el otro, gana por 30 y vota apenas un tercio. Un mismo resultado puede leerse de muchas maneras: cuánta gente votó, qué tan reñida fue la contienda, cuántos partidos contaron de verdad, cuánto cambió el voto desde la elección anterior. Los municipios son imaginarios; las preguntas, no.
Cada una de esas preguntas tiene su medida, y los indicadores electorales son justamente eso: cifras construidas para responder una pregunta concreta. Las investigaciones recorridas en las entradas anteriores los usan todo el tiempo. Aquí no se vuelve sobre sus hallazgos, sino sobre las herramientas: qué mide cada indicador, para qué se usa y qué decisiones hay detrás de su cálculo. Al final encontrarás un apéndice con las fórmulas.
La participación es el punto de partida: la proporción de quienes tienen derecho a votar que efectivamente lo hicieron. Suele usarse como algo que explicar, para ver qué la hace subir o bajar. Pero cuenta igual a quien vota por un partido que a quien anula su boleta. Para separar ambas cosas está el voto inválido, la suma de votos en blanco y nulos como proporción de los emitidos. Lioy (2024) lo usa como un termómetro de la protesta, y por eso no mira su nivel sino su cambio entre una elección legislativa y la siguiente: lo que le interesa es qué lo hace crecer.
Para saber qué tan disputada fue una elección, la medida más directa es el margen de victoria, la diferencia en puntos entre el primer y el segundo lugar. Se usa porque, según la teoría de la elección racional que viene de Downs, en una contienda cerrada cada voto pesa más y hay más motivos para votar. La competitividad también se mide a veces con índices de fragmentación, que valen cero cuando un solo partido se lleva todo y se acercan a uno cuando el voto se reparte entre muchos. No son lo mismo: una elección puede estar muy fragmentada y no ser reñida, o ser reñida entre dos partidos y estar poco fragmentada. La concentración del voto, la suma de lo que obtienen las dos fuerzas principales, mira el mismo reparto desde el otro lado.
La fragmentación también se expresa con el número efectivo de partidos, que traduce el reparto del voto a una cifra intuitiva: cuántos partidos de igual tamaño producirían esa misma dispersión. Gastev (2025) lo incluye como control, porque la teoría espacial del voto que viene de Downs supone que, con más partidos en competencia, estos se dispersan a lo largo del espectro ideológico.
Si la pregunta es cuánto cambió el voto de una elección a otra, la medida clásica es la volatilidad electoral de Pedersen: la mitad de la suma de lo que cada partido ganó o perdió, en puntos. En América Latina promedió 25.4 % entre 1992 y 2018, según Gastev; dicho de otro modo, en cada elección al menos una cuarta parte de los votos cambió, en términos netos, de partido. El indicador total, sin embargo, no distingue entre el voto que pasa de un partido existente a otro y el que se va a partidos nuevos. Por eso Gastev, con la base de Mainwaring y Su (2021), la separa en volatilidad intrasistema y extrasistema. Esa separación depende de una regla: qué cuenta como partido nuevo. En esa base, un partido es nuevo solo si nunca compitió en una elección de diputados, y un cambio de nombre no lo convierte en otro. Cuando Gastev repite el análisis con una base que codifica de forma más laxa, el resultado cambia.
La volatilidad sirve también para algo más amplio: medir qué tan institucionalizado está un sistema de partidos, es decir, qué tan estable es el conjunto de partidos que compiten y la forma en que lo hacen. Mainwaring (2016) advierte, sin embargo, que es un buen indicador en democracia, pero no necesariamente bajo un régimen autoritario, donde una volatilidad baja puede reflejar una cancha inclinada y no un sistema sólido.
La polarización del sistema de partidos se mide con otra lógica. Gastev la distingue de la polarización afectiva y la calcula con un índice que combina la posición de cada partido en la escala de izquierda a derecha, según encuestas a especialistas, con su peso electoral: mide qué tan lejos del centro ponderado se ubican los partidos que reciben votos. Su crítica a estudios anteriores es, justamente, de medición: usar una pregunta sobre la hostilidad entre bandos para medir la distancia ideológica entre élites mezcla dos conceptos.
Algunas preguntas no se responden con resultados, sino con encuestas. Para medir el arraigo social de los partidos, Sánchez-Sibony (2024) usa cuatro indicadores: la confianza en los partidos, los vínculos de los partidos con actores colectivos, la identificación partidista y el personalismo del electorado. Con datos del Latinobarómetro y del LAPOP se convierten en cifras como el porcentaje que confía en los partidos, el que no estaría dispuesto a votar por ninguno o el que se identifica con alguno. Mainwaring pone una nota de cautela: no está claro qué miden las preguntas de identificación partidista en algunos países, porque en encuestas de panel muchas personas cambian de respuesta en pocos meses.
Hay, por último, diferencias que ningún resultado agregado puede mostrar. La distancia entre el voto de las mujeres y el de los hombres solo se ve con datos individuales: Reyes-Housholder y Schwindt-Bayer (2025) la estiman como el efecto del sexo de quien responde sobre su voto, con encuestas levantadas en tres segundas vueltas.
Leídos en conjunto, estos indicadores enseñan algo que va más allá de cada uno: el nombre no basta. «Competitividad», «partido nuevo» o «polarización» designan cosas distintas según el estudio, y la conclusión puede cambiar con la definición. Ni siquiera hay acuerdo sobre si las mismas medidas sirven en cualquier régimen: uno de los libros que reseña Mainwaring defiende usar más o menos los mismos indicadores en democracias y autocracias, y él sostiene lo contrario.
Conviene recordar, además, que los indicadores agregados describen territorios y sistemas, no personas, y que varios dependen a la vez de la conducta de quienes votan y de la de los partidos. El propio Gastev reconoce que su medida de polarización refleja ambas cosas, y por eso toma la volatilidad de la elección anterior y no de la misma.
Vuelve a los dos municipios del principio. Antes de concluir nada, pregúntate qué indicador usarías para cada pregunta y qué decisión de cálculo podría cambiar la respuesta. Después toma los resultados de una elección municipal reciente y calcula, con el apéndice, la participación, el margen y la fragmentación: ¿cuentan la misma historia?
Apéndice: indicadores básicos
| Indicador | Qué mide | Cómo se calcula | Dónde aparece en la serie |
|---|---|---|---|
| Participación | Qué parte del electorado acudió a votar | Votos emitidos ÷ lista nominal × 100 | Medida convencional; Lioy (2024) trabaja con una parte de ella, el voto inválido |
| Voto inválido | Qué parte de quienes votaron no apoyó a ninguna opción | (Votos en blanco + votos nulos) ÷ votos emitidos × 100; Lioy usa su cambio entre elecciones legislativas consecutivas | Lioy (2024) |
| Margen de victoria | Qué tan reñida fue la contienda por el primer lugar | % del primer lugar − % del segundo lugar | Medida convencional |
| Concentración del voto | Qué peso tienen las dos fuerzas principales | % del primer lugar + % del segundo lugar | Medida convencional |
| Índice de fragmentación (Rae) | Qué tan disperso está el voto; a veces se usa como medida de competitividad | 1 − Σ pᵢ², donde pᵢ es la proporción de votos de cada partido; va de 0 a 1 | Medida convencional |
| Número efectivo de partidos | Cuántos partidos de igual tamaño equivaldrían al reparto observado | 1 ÷ Σ pᵢ² | Gastev (2025), como control |
| Volatilidad electoral total (Pedersen) | Cuánto cambió, en términos netos, el voto entre dos elecciones | ½ × Σ |pᵢ,t − pᵢ,t−1|, en puntos porcentuales | Gastev (2025); Mainwaring (2016), como indicador de institucionalización |
| Volatilidad extrasistema | Cuánto voto se fue a partidos nuevos | Suma de los votos de los partidos que no compitieron antes; depende de la regla que define «partido nuevo» | Gastev (2025), con la base de Mainwaring y Su (2021) |
| Volatilidad intrasistema | Cuánto voto cambió entre partidos que ya existían | Volatilidad total − volatilidad extrasistema | Gastev (2025) |
| Polarización del sistema de partidos (Dalton y Singer) | Qué tan alejados del centro ponderado están los partidos | Raíz cuadrada de Σ vᵢ (posiciónᵢ − posición media ponderada)², donde vᵢ es la proporción de votos y la posición sale de encuestas a especialistas | Gastev (2025) |
| Confianza en los partidos | Qué parte de la población confía en ellos | Porcentaje que declara confiar en los partidos (Latinobarómetro) | Sánchez-Sibony (2024) |
| Antipartidismo | Qué parte no votaría por ningún partido | Porcentaje que no estaría dispuesto a votar por ninguno (Latinobarómetro) | Sánchez-Sibony (2024) |
| Identificación partidista | Qué parte se siente cercana a un partido | Porcentaje que responde sí a «¿se identifica actualmente con un partido político?» (LAPOP) | Sánchez-Sibony (2024); Mainwaring (2016), con cautela |
| Brecha de género en el voto | Cuánto difiere el voto de mujeres y hombres | Coeficiente del sexo de quien responde en un modelo de voto; en su forma simple, diferencia de porcentajes de apoyo a un candidato | Reyes-Housholder y Schwindt-Bayer (2025) |
Referencias bibliográficas
Gastev, J. (2025). Electoral volatility and party system polarization in Latin America, 1992–2018. Political Studies, 74(4), 1775–1788. https://doi.org/10.1177/00323217251367642 Acceso abierto: https://journals.sagepub.com/doi/full/10.1177/00323217251367642
Lioy, A. (2024). «I would prefer not to»: Establishing the missing link between invalid voting and public protest in Latin America. Latin American Politics and Society, 66(1), 106–132. https://doi.org/10.1017/lap.2023.29
Mainwaring, S. (2016). Party system institutionalization, party collapse and party building. Government and Opposition, 51(4), 691–716. https://doi.org/10.1017/gov.2016.21 Disponible en: https://www.cambridge.org/core/journals/government-and-opposition/article/party-system-institutionalization-party-collapse-and-party-building/F7D8BAE8DDA0CB07A525451A76D44B4C
Reyes-Housholder, C., y Schwindt-Bayer, L. A. (2025). Gender and presidential vote choice in Latin America. British Journal of Political Science, 55, Artículo e180. https://doi.org/10.1017/S0007123425101117
Sánchez-Sibony, O. (2024). Why Latin American parties are not coming back. Latin American Politics and Society, 66(3), 164–193. https://doi.org/10.1017/lap.2023.40 Acceso abierto: https://www.cambridge.org/core/services/aop-cambridge-core/content/view/FC516DFBAAB9F80BB3AEC4660982FADD/S1531426X23000407a.pdf/
Otras puertas de esta serie
- ¿Qué es un sistema de partidos institucionalizado y qué cambia para quien vota?
- ¿Por qué no regresan los partidos latinoamericanos?
- ¿La volatilidad electoral polariza a los sistemas de partidos?
- ¿Qué explica la brecha de género en el voto presidencial y el voto inválido?
- ¿Quién vota y por qué: género, etnicidad y territorio?

Deja una respuesta