¿Qué cambia si la política se piensa desde la dependencia?

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Repasa tu mañana: desde el café hasta el mensaje que alguien te contestó a tiempo, buena parte del día ocurrió gracias al trabajo de otras personas que casi nunca se cuenta: cultivar, transportar, cocinar, avisar, acompañar. Nadie hace solo ni una comida completa. De esa experiencia, tan cotidiana que pasa inadvertida, parte la ética del cuidado: nadie es autosuficiente, y la dependencia es una condición de la vida en común.

La teoría política ha tendido a imaginar al sujeto como alguien autónomo e independiente. Joan Tronto y Carol Gilligan parten de otra premisa: las personas dependen unas de otras para vivir, y esa dependencia es un asunto público.

Tronto (2013) sostiene que la imagen del ciudadano como actor racional independiente oculta que los seres humanos son criaturas de cuidado e interdependencia. Con Berenice Fisher define el cuidado como una actividad genérica que incluye todo lo que se hace para mantener, continuar y reparar el mundo, de modo que se pueda vivir en él lo mejor posible. Ese mundo incluye los cuerpos, las personas y el entorno. Describe el cuidado como un proceso con cinco fases, cada una asociada a una virtud. Prestar atención a una necesidad exige la virtud de la atención. Responsabilizarse de ella, la responsabilidad. Realizar el trabajo de cuidado, la competencia. Recibir el cuidado, la capacidad de respuesta de quien lo recibe. Y cuidar con, la fase democrática, en la que las prácticas de cuidado se ajustan a los principios de justicia, igualdad y libertad, con la solidaridad y la confianza.

Para Tronto, todas las personas son receptoras de cuidado, y la igualdad democrática se funda en esa vulnerabilidad compartida, no en una supuesta independencia. De ahí que la política democrática gire en torno a asignar responsabilidades de cuidado y a asegurar que la ciudadanía pueda participar en esa asignación. Señala además que ciertos grupos se otorgan licencias de irresponsabilidad para no hacerse cargo de tareas de cuidado y las delegan en personas precarizadas, entre ellas mujeres migrantes.

Gilligan (2013) cuestiona los modelos de desarrollo moral que miden la madurez por la capacidad de abstracción y la adhesión a reglas universales de derechos. Propone una ética del cuidado como una ética de la conexión, atenta a las necesidades concretas de otras personas y a las relaciones que las constituyen. Esa ética no abandona los derechos individuales, sino que incorpora la responsabilidad de no causar daño ni abandono. Gilligan sostiene además que, en un contexto patriarcal, el cuidado se presenta como una ética femenina, y que en un contexto democrático es una ética humana. De ahí su conclusión: la diferencia de fondo no está entre el cuidado y la justicia, ni entre las mujeres y los hombres, sino entre la democracia y el patriarcado (pp. 50–51).

Tronto lleva el cuidado al nivel de las instituciones y de la distribución de responsabilidades; Gilligan lo plantea como una forma de juicio moral. Juntas permiten preguntar no solo quién decide, sino quién sostiene las condiciones para que alguien pueda vivir y decidir. Y si la dependencia es permanente, lo que se discute es quién sostiene a quién y bajo qué reglas: una pregunta normativa, a la que se suma otra empírica, cómo se reparte hoy ese trabajo. Hay, con todo, quienes ven en la ética del cuidado el riesgo de fijar a las mujeres en el papel de cuidadoras.

Tronto piensa desde la teoría política estadounidense; Gilligan, desde la psicología del desarrollo moral. Ninguna evalúa políticas públicas de cuidado en América Latina, y para eso harían falta fuentes sobre los sistemas de salud, educación y cuidados de cada país.

Tronto está en inglés; sus cinco fases funcionan como una lista a la que puedes volver con cada ejemplo cotidiano. Gilligan, en español, tiene una frase corta que resume su tesis: búscala antes de leer lo demás.

Elige un servicio cotidiano (salud, transporte, atención a la infancia o a la vejez) e imagina que se rediseña empezando por quién cuida y quién recibe cuidado. ¿Qué se vería distinto? Una ficha con el problema, quien recibe, quien brinda, la institución que lo organiza y la responsabilidad pública te servirá para probarlo.


Referencias bibliográficas

Gilligan, C. (2013). La ética del cuidado. Fundació Víctor Grífols i Lucas.

Tronto, J. C. (2013). Caring democracy: Markets, equality, and justice. New York University Press.

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