Dos vecinos han visto subir el desempleo en su municipio durante el último año. Uno votó por el partido del gobierno y piensa repetir: dice que la crisis viene de fuera y que el otro partido sería peor. La otra también votó por ese partido, pero esta vez no piensa ir a la casilla. Ninguno de los dos votará por la oposición. Aunque la escena es imaginaria, muestra que hay más de una forma de castigar a quien gobierna, y más de una forma de no hacerlo.
¿Cambia la polarización el peso de la economía en el voto? Es la pregunta que une voto económico y polarización: si el castigo por la mala economía se debilita cuando la política se divide. Moreira (2025) parte de la teoría del voto económico, según la cual se premia a quien gobierna si la economía va bien y se le castiga si va mal, y de una idea que abrieron Powell y Whitten: la capacidad de atribuir responsabilidad depende del contexto político. Su propuesta es que la polarización es uno de esos factores de contexto. Distingue además dos canales de castigo: votar por la oposición y abstenerse.
Llama efecto de adhesión a lo que espera encontrar: con más polarización, menos personas abandonan a su partido cuando la economía empeora, ya sea hacia la oposición o hacia la abstención. La polarización aclara qué separa a los partidos, alimenta el razonamiento motivado (interpretar la información de modo que confirme la lealtad previa) y sube el costo de que gane el partido rechazado. Pone a prueba también la hipótesis contraria para la abstención: que la polarización la aumente, porque quien está insatisfecho con su partido ya no ve a la oposición como alternativa. A esto lo llama abstención expresiva.
El caso son las elecciones presidenciales de Estados Unidos entre 1992 y 2020, en 3,108 condados y ocho elecciones. La polarización se mide con la distancia ideológica entre el legislador mediano de cada partido en la Cámara de Representantes; la economía, con la tasa de desempleo del condado. El electorado se divide en tres partes: voto por el partido en el gobierno, voto por la oposición y abstención, que en los modelos principales incluye el voto por terceros partidos.
Los resultados van en la dirección esperada. Con una polarización moderada (0.6 en esa escala), un aumento de una desviación estándar en el desempleo de un condado hipotético reduce el voto del partido gobernante en alrededor de 2 %; con polarización alta (0.85, el nivel de finales de los años 2000), en cerca de 1 %. El paso hacia la oposición prácticamente desaparece, y el paso hacia la abstención baja de más de 1.5 % a cerca de 1 %. Los datos respaldan el efecto de adhesión en los dos canales y rechazan la abstención expresiva. El autor resume que el aumento de la polarización en los últimos treinta años reduce a la mitad el castigo por el desempleo.
Con la encuesta ANES de 1992 a 2020, el estudio mide la polarización percibida: la distancia que cada persona ve entre los dos partidos. Entre quienes simpatizan con el partido del presidente, la probabilidad de decir que la economía empeoró baja de 0.35 a 0.15 cuando esa distancia pasa de 0.1 a 1; entre quienes simpatizan con la oposición, sube de 0.53 a 0.68. Y entre simpatizantes del partido gobernante que sí ven mal la economía, la probabilidad de votar por la oposición baja de 0.22 a 0.09. La polarización actúa, entonces, en dos eslabones: en cómo se evalúa la economía y en si esa evaluación se convierte en castigo.
El estudio responde que la mala economía se sigue castigando, pero menos, y que la diferencia la hacen sobre todo los partidarios: ven la economía con mejores ojos cuando gobierna su partido y, aunque la vean mal, le son fieles. La abstención, que podría servir como castigo sin pasarse al otro lado, también se debilita.
El propio texto reseña otras miradas. La polarización puede mejorar la representación: aclara qué ofrece cada partido y aumenta el interés y la participación. Parte del electorado sigue actualizando su juicio con información sobre el desempeño. Algunos estudios no encuentran efecto de la economía local en el voto; Moreira atribuye la diferencia a cómo definen la variable que explican y a que eliminan los cambios en el tiempo. Y como la ciudadanía también culpa a los gobiernos de cosas que no controlan (Achen y Bartels), podría pensarse que la polarización corrige ese error; el autor sostiene lo contrario: acentúa las predisposiciones, con más indulgencia hacia el partido propio y más rigor con el ajeno.
Moreira es claro sobre sus límites. Es un estudio de observación: la polarización nacional sube con el tiempo, junto con muchas otras cosas, y el autor lo atiende con el resultado de la elección anterior, una tendencia temporal y el análisis de encuestas, lo cual no equivale a un experimento. La relación entre polarización observada y percibida no puede leerse como causal. Y el caso es bipartidista: en sistemas con muchos partidos, la radicalización de uno no implica necesariamente que todo el sistema se polarice, y quienes votan podrían cambiar de partido dentro del mismo bloque ideológico en vez de cruzarlo. Si los hallazgos valen fuera de Estados Unidos queda abierto.
Una lectura apresurada de estos resultados diría que el electorado polarizado está ciego. Vale la pena resistirse a esa conclusión. El propio estudio muestra que la lealtad tiene razones: cuanto más lejos se ve al otro partido, más costoso resulta que gane, y esa es una consideración que cualquier persona puede tener en cuenta al votar. Tratar esa lealtad como simple ceguera impide hacer la pregunta interesante, que es otra: en qué condiciones alguien decide romper con su bando para pedir cuentas, y qué hace falta para que ese castigo, en lugar de perderse en la abstención, llegue a la urna.
El artículo está en inglés y es de acceso abierto; las Figuras 5 a 7 resumen los resultados. Para probar la idea en un sistema con varios partidos, toma dos elecciones con distinto grado de polarización y compara, entre quienes reprobaban la economía, cuántas personas votaron aun así por el partido en el gobierno, cuántas por otro partido del mismo bloque y cuántas se abstuvieron. ¿Dónde se esconde el castigo cuando no aparece en la oposición?
Referencias bibliográficas
Moreira, T. M. Q. (2025). Is it still the economy? Economic voting in polarized politics. British Journal of Political Science, 55, e45, 1–24. https://doi.org/10.1017/S0007123424000619 Acceso abierto: https://www.cambridge.org/core/journals/british-journal-of-political-science/article/is-it-still-the-economy-economic-voting-in-polarized-politics/AE19D6CFDF3D41C605204989B9B90D5C

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