¿Se vota por el partido más cercano a las propias ideas?

Neon diagram of voting decisions and interconnected political pathways

En la misma casilla, una persona marca la boleta presidencial por un partido y la de diputaciones por otro. A la salida explica que la candidata a la presidencia le convence, pero que al candidato de su distrito, del mismo partido, no lo conoce nadie, y que la candidata de enfrente sí ha trabajado en la colonia. Quien la escucha se ubica a sí misma en el centro y votó completo por el partido que, según ella, está más cerca de esa posición. En esta escena, imaginaria pero nada rara en una jornada electoral, conviven dos maneras de decidir: votar por quien está más cerca de las propias ideas y repartir el voto entre boletas.

¿Se vota por el partido más cercano a las propias ideas? ¿O se reparte el apoyo entre boletas simultáneas, lo que se conoce como voto cruzado? La teoría espacial del voto, que viene de Downs y Black, supone que votantes y partidos pueden ordenarse en una escala de izquierda a derecha y que cada persona elige la opción más próxima a su lugar en ella. León Ganatios y García González (2024) aplican ese modelo de proximidad a México. Advierten desde el inicio que la ideología no explica todo el comportamiento electoral, porque también pesan el clientelismo, el personalismo y la institucionalización del sistema de partidos, pero la proponen como un primer marco de análisis.

Con datos de Latinobarómetro, en una escala de 1 (izquierda) a 10 (derecha), el votante promedio pasa de 5.47 en 2015 a 4.92 en 2018 y a 4.58 en la medición que el artículo asigna a 2021, aunque la tabla indica como fuente la encuesta de 2020. Morena se ubica en 4.23 en 2018: es el partido más cercano al votante promedio, a 0.69 puntos. Los autores calculan cuánto votaría cada partido si todo dependiera de la proximidad y lo comparan con el resultado real. En 2018 la coincidencia es alta para Morena (proyección de 49.58 % frente a 53.19 % real) y en 2021 baja; de ahí concluyen que la elección de 2018 puede explicarse en buena medida por la ideología y que en 2021 pesaron más otros factores.

Dos detalles del método merecen una mirada atenta. El artículo define el porcentaje de voto ideológico como la proyección dividida entre el resultado real; en 2015, sin embargo, los valores de Morena y del PRI solo se obtienen dividiendo el resultado real entre la proyección, es decir, el número menor entre el mayor. Y la posición de cada partido se calcula como el promedio ideológico de quienes dicen que votarían por él. Esta segunda observación no es de los autores, y vale la pena hacerla: si un partido se ubica donde están sus votantes, la proximidad entre ambos está en parte garantizada por la forma de medir.

Con tres índices de polarización, el estudio concluye que México no presentaba hasta 2021 un escenario polarizado: la distancia entre los partidos más alejados sube de 1.51 en 2015 a 2.41 en 2018 y baja a 1.48 en 2021. Para 2024 prevé una competencia entre Morena y una coalición opositora, con más de dos opciones en la boleta pero sin polarización. Esa elección ya ocurrió, y el pronóstico puede contrastarse con los cómputos del INE.

Luque Rojas y Cortez Parra (2025) miran otra cosa: el voto cruzado, que ocurre cuando una misma persona apoya a partidos distintos en elecciones simultáneas. Comparan, en las seis elecciones presidenciales de 1994 a 2024, los resultados de presidencia, senadurías y diputaciones federales, estado por estado y a nivel nacional. Con las diferencias entre boletas estiman cuántos votos se cruzaron y lo comparan con el margen entre el primer y el segundo lugar. Si el volumen de voto cruzado supera ese margen, hablan de una «determinancia», término que toman de los tribunales electorales: el voto cruzado habría bastado para cambiar quién gana.

Según sus gráficas, entre presidencia y diputaciones el voto cruzado pasa de 2.9 % en 1994 a 9.7 % en 2006, 13.3 % en 2018 y 6.8 % en 2024. Las determinancias entre presidencia y senadurías suben de 1 en 1994 a 40 en 2012 y bajan a 27 en 2018 y a 10 en 2024. Los autores explican la caída por la competitividad: cuando los márgenes de victoria se amplían, el voto cruzado, aunque crezca, ya no alcanza para decidir resultados. Los estados con más determinancias (Yucatán encabeza la lista con 16) son mucho más competidos que los que tienen menos.

El texto repasa varias explicaciones: votar dividido para repartir el poder y forzar contrapesos (Fiorina); hacerlo por la calidad y visibilidad de cada candidatura (Jacobson); el perfil de un votante más educado e informado (DeVries y Tarrance), que Poiré discute; o el menor peso que se da a las elecciones de segundo orden (Reif). Los autores se inclinan por las candidaturas y por la importancia relativa de cada elección. Lo presentan como una creencia, no como un resultado: sus datos son agregados y no permiten saber por qué cada persona cruzó su voto.

Conviene separar además cuatro palabras que suelen usarse como si fueran lo mismo. Ninguna de las dos lecturas se ocupa del voto estratégico en sentido estricto, así que la distinción que sigue es de trabajo, no un resultado de los estudios. El voto ideológico es elegir a quien está más cerca de las propias ideas. El voto estratégico, o «voto útil», es abandonar a la opción preferida porque no tiene posibilidades y apoyar a otra con tal de impedir que gane la que más se rechaza. El voto cruzado es apoyar a partidos distintos en boletas simultáneas. Y el voto dividido suele usarse como sinónimo del cruzado, como hacen Luque Rojas y Cortez Parra; puede reservarse, si se quiere precisar, para el resultado agregado: un reparto del poder entre partidos, como un gobierno sin mayoría propia en el Congreso. Las categorías se cruzan. Luque Rojas y Cortez Parra describen el voto cruzado, en el resumen de su artículo, como un comportamiento estratégico y racional, aunque al explicar sus datos se inclinan por el peso de las candidaturas. Esa tensión es en sí misma una pregunta: una boleta cruzada puede venir de un cálculo o de una simpatía, y el resultado agregado no permite saber cuál.

Juntando las dos lecturas, la cercanía ideológica ayuda a entender a qué partido se inclina el electorado, sobre todo en una elección como la de 2018, pero no basta. Una parte creciente de quienes votan reparte su apoyo entre boletas, y en elecciones cerradas eso decide resultados. Las dos lecturas no se contradicen: una describe la orientación general y la otra, lo que pasa cuando cada boleta ofrece candidaturas distintas.

Las propias lecturas recogen otras explicaciones. Para algunas, la ideología importa menos que la lealtad partidista, el apego a liderazgos personales o el intercambio clientelar. Y el voto cruzado no tiene una sola explicación: puede ser una búsqueda deliberada de contrapesos o la simple respuesta a quién aparece en cada boleta. Con datos agregados no es posible distinguir entre estas lecturas.

Los límites que declaran los autores son distintos en cada texto. León Ganatios y García González reconocen que la ideología no explica todo el voto, que los índices no permiten describir una tendencia hacia la polarización y que hace falta seguir midiendo. Luque Rojas y Cortez Parra advierten que la relación entre voto cruzado y determinancias depende de la competitividad y de la fragmentación, y que no se cumple en 2012 y 2018. También separan del voto cruzado las diferencias que vienen de votos nulos, anulaciones o errores de cómputo. Hay, además, cifras que no cuadran dentro del propio artículo: el porcentaje de voto cruzado de 2018 que da el texto (11.8 %) no coincide con el de la gráfica (13.3 %), y el total de posibles determinancias (396) no corresponde con el número de comparaciones que el texto describe.

Los dos artículos están en español y son de acceso abierto. La Tabla 8 del primero resume posiciones y votos; la Tabla 1 del segundo muestra cómo se calculan los índices con la elección de 2006. Para probar la idea, elige un distrito, busca en el sistema de consulta del INE los votos por partido en la elección presidencial y en la de diputaciones de 2024, y resta unos de otros. ¿Qué te indica una diferencia grande: un electorado que busca contrapesos o un candidato local que convenció más que su partido?


Referencias bibliográficas

León Ganatios, L. E., y García González, L. Á. (2024). Evolución del posicionamiento ideológico del votante mexicano entre las elecciones de 2018 y 2021. Espiral. Estudios sobre Estado y Sociedad, 31(90), 121–141. https://doi.org/10.32870/eees.v31i90.7374 Acceso abierto: https://scielo.org.mx/pdf/espiral/v31n90/1665-0565-espiral-31-90-121.pdf

Luque Rojas, J. M., y Cortez Parra, Y. D. (2025). Incidencia y determinancia del voto cruzado en las elecciones federales mexicanas 1994–2024. Revista Debates, 18(3), 34–55. https://doi.org/10.22456/1982-5269.143304 Acceso abierto: https://seer.ufrgs.br/index.php/debates/article/view/143304

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