¿Qué tan estable es la identificación con un partido?

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En una sobremesa que podría ser la de cualquier familia, un hombre dice ser de un partido «de toda la vida». Su sobrina cuenta que en enero se sentía cerca de ese mismo partido y que en junio ya no. Los dos respondieron la misma pregunta en una encuesta: ¿con qué partido se identifican? Sus respuestas son igual de válidas y, sin embargo, no significan lo mismo.

¿Qué tan estable es la identificación con un partido, eso que la literatura llama identificación partidista? De la respuesta depende cuánto puede cambiar una campaña: si el partidismo es una lealtad que dura, la campaña casi no mueve a quien lo tiene; si es una cuenta que se actualiza, sí.

Krishna y Sokolova (2017) aportan la distinción de partida. Separan la ideología, que ubica a las personas como más liberales o más conservadoras, del partidismo: qué tan fuertemente se identifican con un partido específico, un vínculo afectivo y psicológico de largo plazo, en la definición clásica de Campbell y sus colegas. Su texto, un comentario a un artículo de John Jost sobre ideología, revisa la literatura, sobre todo estadounidense, sobre cómo el partidismo moldea la conducta. Por un lado, eleva la participación, porque votar beneficia al propio grupo y porque la etiqueta del partido facilita decidir; cuando las boletas no muestran partidos, la participación baja y pesan más señales poco informativas, como quién ocupa el cargo, el género o la raza de las candidaturas. Por otro, sesga los juicios: la misma política se apoya o se rechaza según qué partido la proponga, e incluso un dato con respuesta correcta, como si bajó el déficit fiscal, se evalúa distinto según el partido en el gobierno. Para explicar esos efectos contraponen dos lecturas: el partidismo como atajo que ahorra esfuerzo, o como razonamiento motivado, un esfuerzo por llegar a la conclusión deseada, que se observa más entre las personas más informadas. Concluyen que ambas pueden operar.

Castro Cornejo (2021) responde con datos. Parte de una idea extendida: en las democracias jóvenes de América Latina, la mayoría de las personas no tendría una identidad partidista lo bastante firme para resistir una campaña, y por eso al menos un tercio de quienes votan cambia su intención de voto mientras esta avanza, una proporción mayor que en Estados Unidos. El autor propone mirar otra dimensión: la estabilidad individual. No pregunta solo qué tan fuerte es la identificación, sino si la misma persona se identifica con el mismo partido al inicio de la campaña y el día de la elección. Quienes lo hacen son partidistas de largo plazo; quienes la actualizan, de corto plazo.

Para observarlo usa encuestas de panel, que entrevistan a las mismas personas en dos momentos. En Brasil (2010) y en Argentina (2015), una proporción muy alta de quienes se identificaban con un partido cambió de respuesta entre el inicio y el final de la campaña: la mitad en Brasil y siete de cada diez en Argentina. En las elecciones presidenciales de México de 2006 y 2012, cerca de la mitad del electorado actualizó su identificación; alrededor de un tercio de quienes se identificaban con un partido pasó a declararse independiente y el resto cambió de un partido a otro. La inestabilidad no es propia de una elección ni de un país.

El análisis se concentra en México. En el panel de 2006, 36% de las personas se identificaba con su partido desde hacía más de once años, 22% entre cinco y once, 25% entre dos y cinco y 17% desde hacía dos años o menos. Quienes llevaban menos años tenían más probabilidad de cambiar de partido durante la campaña. Cuando su opinión del partido y de su candidatura empeoraba mucho, alrededor de 80% de quienes se identificaban desde hacía menos de dos años cruzaba la línea; entre quienes se identificaban desde hacía más de once años, 30%. El autor interpreta que existe un punto a partir del cual el partidismo de corto plazo se vuelve un apego más firme.

La diferencia importa para el voto. Entre quienes mantuvieron su identificación, 90% en 2006 y 94% en 2012 terminó apoyando a la candidatura de su partido, una cifra parecida a la que se observa en Estados Unidos. Entre quienes se declararon a la vez partidistas e independientes durante la campaña, los porcentajes fueron 70% y 77%, y casi un tercio acabó apoyando una candidatura contraria a su inclinación. Quienes cambiaron de partido fueron los más propensos a cambiar su intención de voto: más de 60%, frente a 15% en promedio entre los estables. En ese grupo, partidismo y voto se mueven juntos, y no queda claro cuál arrastra al otro.

Juntas, las dos lecturas sugieren que, para una parte del electorado, el partidismo funciona como una identidad que filtra lo que llega durante la campaña, a la manera del razonamiento motivado que describen Krishna y Sokolova; para otra, como un atajo o un balance que se actualiza con lo que se va sabiendo, como muestran los partidistas de corto plazo de Castro Cornejo. Hay, sin embargo, una explicación más escéptica, que el propio Castro Cornejo reseña: buena parte de la literatura estadounidense atribuye la inestabilidad aparente a un error de medición, y no a un cambio real. Él lo reconoce en parte: el índice que usa para el comportamiento de quien responde sugiere que los cambios hacia la independencia pueden deberse, en alguna medida, a respuestas poco atentas.

Los límites son de varios tipos. El análisis central es de dos elecciones de México, un sistema de partidos relativamente estable hasta 2015; el autor anticipa que en sistemas menos institucionalizados el resultado podría ser aún mayor, pero no lo prueba. No se puede afirmar causalidad. La encuesta de panel de México pregunta por el partido como una identidad de largo plazo y evita preguntas de filtro; otras encuestas, como las de Brasil, preguntan de otra manera, y eso cambia cuántas personas aparecen como partidistas. Y no se analiza la irrupción de Morena. Krishna y Sokolova, por su parte, no presentan datos propios, salvo un estudio breve sobre la elección estadounidense de 2016: revisan investigaciones hechas casi todas en Estados Unidos, con dos grandes partidos, y piden más investigación para comparar las dos explicaciones.

El artículo de Castro Cornejo está en inglés y es de acceso abierto. La Tabla 1 (cuánta gente cambia de identificación en cada país), la Figura 2 (probabilidad de cruzar de partido) y la Tabla 3 (cómo vota cada grupo) permiten entender el argumento sin leer todo.

Para probar la idea, toma dos mediciones de una misma persona, de una encuesta de panel o de una conversación inventada, y clasifica a quienes mantienen su partido, cambian de partido o pasan a decir que son independientes. Después pregúntate qué dato haría falta para saber si de verdad cambiaron, o si solo respondieron distinto.


Referencias bibliográficas

Castro Cornejo, R. (2021). Short- and long-term partisanship: Campaign effects and the stability of party identification in Latin America. Latin American Research Review, 56(2), 300–317. https://doi.org/10.25222/larr.638 Acceso abierto: https://www.cambridge.org/core/services/aop-cambridge-core/content/view/CD79B48D9B1A04BF62604F531569A8B2/S0023879100006762a.pdf

Krishna, A., y Sokolova, T. (2017). A focus on partisanship: How it impacts voting behaviors and political attitudes. Journal of Consumer Psychology, 27(4), 537–545. https://doi.org/10.1016/j.jcps.2017.07.005 Acceso abierto en repositorio institucional: https://deepblue.lib.umich.edu/bitstream/handle/2027.42/141290/jcpy537.pdf?sequence=1

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