Imagina esta discusión antes de una elección local. Una persona dice que vota por el partido, porque sabe qué puede esperar de él aunque no conozca a la candidata. La otra contesta que esa persona ni siquiera ha oído hablar de la candidata, pero que ya la imagina honesta y capaz porque le simpatiza el partido que la postula. Cada una cree explicar su voto, y no es fácil saber cuál de las dos tiene razón.
¿Se vota por el partido o por quien lo representa? Es la pregunta de la evaluación de candidatos: qué rasgos de una persona pesan al votar, además de su partido. Gutiérrez Sánchez (2021) la plantea a partir de la elección presidencial mexicana de 2018. Su argumento es que ese resultado genera dudas sobre las teorías clásicas del voto. Según el enfoque sociológico, el voto depende del grupo social, pero Andrés Manuel López Obrador ganó en 31 de las 32 entidades y la relación con indicadores de pobreza fue débil. Según el modelo Michigan, el voto depende de una identificación partidista que se forma en la crianza y se mantiene estable, pero ganó un partido, Morena, que se había fundado apenas en 2011. Gutiérrez Sánchez recuerda además que Alejandro Moreno, un autor que trabajó con ese modelo, habla ahora de una «despartidización» de la política mexicana.
Para ver qué pesa más, el autor aprovechó la elección extraordinaria de gobernador de Puebla del 2 de junio de 2019, convocada porque la gobernadora electa en 2018 murió en un accidente diez días después de asumir. Compitieron Miguel Barbosa (Morena), Alberto Jiménez (PRI) y Enrique Cárdenas (PAN). Entre el 6 y el 24 de mayo aplicó 426 cuestionarios a estudiantes de licenciatura de la BUAP, con 50.6 % de varones y una edad promedio de 23 años. No preguntó directamente qué rasgos pesaban en el voto, porque supone que las personas no son plenamente conscientes de lo que determina sus decisiones. Preguntó, para cada uno de 22 rasgos, qué candidato lo tenía más, y por quién votarían.
Lo primero que destaca es la homogeneidad. Poco más de un tercio de las personas atribuyó a su candidato preferido todas las virtudes por las que se preguntó. Entre quienes votarían por Barbosa, 81.3 % dijo que tenía la mejor formación académica, aunque solo estudió la licenciatura, mientras que Cárdenas tiene maestría y doctorado y Jiménez fue rector interino de Chapingo. Menos de 5 % votaría por quien considerara el más corrupto. El autor concluye que las evaluaciones no parecen muy objetivas.
En la lista de rasgos, el que más se relacionó con la preferencia fue ser el más efectivo como funcionario (70.5 %), seguido por ser un buen ejemplo para los poblanos (69.4 %) y poder unir y guiar a Puebla (68.7 %). Un rasgo ligado al partido, concordar con la ideología de su partido, apareció hasta el cuarto lugar (68.6 %). Para comparar con más rigor, el autor agrupó los rasgos en tres índices: de partido, moral y racional (capacidad, formación, experiencia y propuestas). En regresiones simples, el índice de partido sí se asoció con el voto. Pero al incluir los otros dos, su efecto desapareció en los tres modelos (p de 0.21, 0.31 y 0.97), mientras que el índice moral siguió siendo significativo en todos, con las razones de momios más altas, y el racional lo fue para el PAN y el PRI.
Eso no significa que el partido no importe. El autor propone, como hipótesis, que funcione como una marca: 64.2 % de la muestra estuvo de acuerdo con la frase «sé qué esperar de un candidato en función del partido que lo postula», y 67.9 % con que los políticos de un mismo partido suelen compartir valores y principios. Si falta información sobre la persona, el partido sirve de atajo para suponer cómo será. La intuición se parece a la de Michigan, con un giro: el sesgo no se dirigiría al partido sino a la persona, como ocurre cuando se atribuyen todas las virtudes a la candidatura preferida.
En esta muestra, según el estudio, quienes votaban parecían guiarse más por lo que atribuían a la persona (en especial su ejemplaridad y su capacidad de unir) que por la identificación con el partido, aunque el partido pudo operar como pista sobre lo que cabía esperar. El modelo Michigan, que el autor discute, lo leería al revés: esa atribución de virtudes sería justamente la huella de un partidismo previo que filtra la información. El texto no zanja la discusión.
Los límites son el centro de la lectura. Es una muestra de estudiantes, pequeña, de una sola elección extraordinaria, y el propio autor advierte que sus resultados deben tomarse con cautela y que no pueden refutar teorías con décadas de tradición. El tamaño de la muestra impidió usar el análisis ideal (una regresión con los tres candidatos a la vez). Los rasgos están muy correlacionados entre sí. El rasgo «efectivo como funcionario» tuvo mucha fuerza estadística, pero es difícil de interpretar y podría estar demasiado cerca de la variable que se quiere explicar. La hipótesis de la marca la presenta como una conjetura generada por los propios datos.
El artículo está en español y es de acceso abierto. La Tabla 1 (los 22 rasgos) y la Tabla 2 (las regresiones por partido) permiten seguir el argumento sin leer todo. Para ponerlo a prueba, elige una elección cercana, anota tres rasgos que alguien atribuya a cada candidatura y pregúntate cuántos se pueden comprobar con datos. ¿Qué parte del juicio sobre una candidatura viene de lo que se sabe y qué parte, del partido que la postula?
Referencias bibliográficas
Gutiérrez Sánchez, H. (2021). Evaluación de los candidatos políticos por estudiantes mexicanos de Puebla en el año 2019. Revista Mexicana de Opinión Pública, 31, 111–124. https://doi.org/10.22201/fcpys.24484911e.2022.31.72591 Acceso abierto: https://journals.unam.mx/index.php/rmop/article/download/72591/70606/237179

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