¿La volatilidad electoral polariza a los sistemas de partidos?

Abstract overlapping geometric waves in dark blue, orange, gold, and teal

En un país, el voto se mueve en cada elección entre los mismos tres partidos de siempre. En otro, un partido que no existía en la elección anterior se queda con una cuarta parte de los votos. En ambos hubo muchos cambios de voto, pero no parece que fueran el mismo tipo de cambio. Los dos países son inventados para esta entrada.

Gastev (2025) toma en serio esa diferencia. Estudia 18 países de América Latina entre 1992 y 2018 y pregunta si la inestabilidad del voto empuja a los partidos hacia posiciones más alejadas entre sí. Parte de una distinción conceptual. La polarización del sistema de partidos (o ideológica) mide la distancia programática entre los partidos en el eje izquierda-derecha y suele considerarse un fenómeno de élites. La polarización afectiva mide la animosidad entre las ciudadanías de bandos distintos. El estudio se ocupa de la primera.

La volatilidad electoral es el cambio neto en la distribución del voto entre dos elecciones consecutivas, medido mediante el índice de Pedersen. Gastev la separa en dos partes: la volatilidad dentro del sistema, que es el voto que se transfiere entre partidos ya existentes, y la extrasistémica, que es el voto que obtienen los partidos nuevos. Para decidir qué es un partido nuevo, recurre a una base de datos regional de volatilidad (LAEVD), cuyas reglas, según el texto, buscan no considerar nuevos a los partidos que solo cambian de nombre o que resultan de una escisión.

El resultado se aparta de estudios previos: un mayor número de votos para partidos nuevos se asocia con una mayor polarización y una menor volatilidad total. Para explicarlo, el texto propone dos caminos. Los nuevos partidos tienden a ubicarse en los extremos del espectro, o bien los partidos establecidos se diferencian moviéndose hacia ellos para defender su marca. El autor lee el patrón como señal de la dificultad de los partidos latinoamericanos para echar raíces y de la presencia de políticos que los utilizan como vehículos personales. Es una interpretación suya y conecta con lo que la entrada sobre el desarraigo partidario describe a partir de otro estudio.

Los datos se agrupan por país y elección, y un patrón de ese tipo no permite determinar el mecanismo. El resultado depende, además, de cómo se codifica un partido como nuevo. Gastev no mide la participación ni qué entiende o siente el electorado ante tantos cambios. Por eso queda abierta una pregunta que esta entrada plantea y que el estudio no contesta: si la inestabilidad moviliza, desmoviliza o confunde a quien vota. Los datos que la responderían son otros, como la participación y el voto nulo por elección, que aparecen en entradas anteriores de la serie.

El artículo está en inglés. Para seguirlo, basta con ubicar la definición de partido nuevo, las dos volatilidades y la lista de variables de control y dejar el resto del aparato estadístico para una segunda pasada.

Una forma de probarlo: elegir una elección reciente de un país latinoamericano y decidir si el cambio principal fue de voto entre partidos existentes o hacia un partido nuevo. Después, se anota qué información faltaría para determinar si esa elección movilizó o desmovilizó al electorado.


Referencias bibliográficas

Gastev, J. (2025). Electoral volatility and party system polarization in Latin America, 1992–2018. Political Studies, 74(4), 1775–1788. https://doi.org/10.1177/00323217251367642 Acceso abierto: https://journals.sagepub.com/doi/10.1177/00323217251367642

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