En una ciudad donde cerró la fábrica principal hace diez años, un hombre dice que no sabe bien por quién va a votar, pero sabe por quién no: por los de siempre. Su hermana, que se mudó a la capital y le va bien, piensa que él está enojado y que el enojo no es un programa de gobierno. Él responde que ella no entiende lo que es ver cerrar las tiendas una por una. La escena es imaginaria, y aun así reúne tres cosas que el estudio del voto suele separar: lo que se siente, contra quién se está y dónde se vive.
¿Qué papel tienen, entonces, las emociones en el voto, en particular el enojo, el miedo y el rechazo? Durante mucho tiempo se explicó el voto por la identificación con un partido o por la evaluación del gobierno. Cuatro estudios, en Chile, Brasil y Bélgica, agregan otras piezas: las emociones hacia los candidatos o hacia la política, las identidades construidas contra alguien y las diferencias entre territorios.
Segovia y Gamboa (2020) entrevistaron en sus casas a 2,000 personas en Chile después de la segunda vuelta presidencial de 2017. El 68 % no se identificaba con ninguna coalición y la mitad no respondió bien ninguna de tres preguntas de conocimiento político, pero el 73 % dijo haber sentido al menos una emoción hacia Sebastián Piñera durante la campaña. Esas emociones se asocian con el voto aun controlando la identificación partidista y la evaluación del gobierno anterior. En la segunda vuelta, haber sentido optimismo hacia Piñera eleva la probabilidad de votar por él en 0.30, y el orgullo en 0.12; el enojo la reduce en 0.17 y el miedo en 0.07. Las emociones más fuertes son el optimismo, que mira al futuro, y el enojo, que mira al pasado. Además, las emociones no actúan solas: cambian el peso que tienen los factores tradicionales en la decisión, y la combinación más importante, según los autores, es la de las emociones con la evaluación del gobierno anterior. Sentir algo por un candidato no reemplaza el juicio sobre quien gobernó; lo modula.
Areal (2022) estudia Brasil y propone que, donde la ideología y los partidos estructuran poco la política, la hostilidad entre ciudadanos se explica mejor por identidades negativas: definirse antipetista o antibolsonarista más que petista o bolsonarista. Con datos del Estudio Electoral Brasileño de 2014 y 2018, muestra que las explicaciones habituales en Estados Unidos y Europa occidental (la distancia ideológica, la coincidencia entre ideología y partido, las divisiones sociales) explican muy poco de esa hostilidad: el modelo apenas da cuenta del 8 % de su variación. En una encuesta propia de 2020, entre quienes votaron por el PT el 88 % se describía como anti-Bolsonaro y solo el 8 % como petista; entre quienes votaron por Bolsonaro, el 53 % se describía como antipetista y alrededor del 19 % como bolsonarista. La identidad negativa es lo que más pesa en el rechazo a quienes votan por el otro lado, aun controlando cuánto desagrada el partido o el líder contrario: con ella, el modelo pasa de explicar el 13 % al 40 % de la variación. Es un «ellos» sin «nosotros»: una identidad que se define más por aquello a lo que se opone que por aquello a lo que pertenece.
Bettarelli y Van Haute (2022) miran el territorio. Con una encuesta en línea de las elecciones belgas de 2019, calculan la polarización afectiva en 43 regiones y encuentran que va de alrededor de 20 a casi 50 en un mismo país. Las regiones se distinguen sobre todo por cómo les fue en la economía entre 2000 y 2018 y por su densidad de población: las regiones en declive y las menos pobladas están más polarizadas. Y la cercanía importa: las regiones vecinas difieren más entre sí que las lejanas, como si la comparación con quien está al lado hiciera más visible la desventaja.
Jacobs, Close y Pilet (2025) usan la misma encuesta belga, con 3,236 personas, para preguntar qué emociones sienten al pensar en la política de su país. El enojo y la amargura se asocian con votar por partidos de izquierda radical y de derecha radical, aun controlando la confianza política, las actitudes populistas y las posiciones sobre redistribución e inmigración. El miedo y las emociones positivas no muestran esa relación. El enojo aparece, entonces, como un rasgo compartido por los electorados de los dos extremos.
Juntos, los cuatro estudios sugieren que las emociones, sobre todo el enojo, se asocian con el voto incluso cuando se toman en cuenta las explicaciones clásicas; que el rechazo a un adversario puede organizar la política más que la adhesión a un partido; y que el lugar donde se vive, y cómo le ha ido a ese lugar frente a sus vecinos, ayuda a entender quién está más polarizado. No son explicaciones rivales: pueden ser partes del mismo proceso.
Hay una objeción que los propios textos discuten: las emociones serían más bien un reflejo de lo que ya se piensa, y el enojo vendría de la ideología o de la evaluación del gobierno, no al revés. Jacobs, Close y Pilet reconocen que los partidos radicales también pueden provocar el enojo con su discurso, de modo que la causa podría ir en ambas direcciones. En Chile, contra lo esperado, el conocimiento político no pesó más entre quienes sentían miedo o enojo. Y sobre el rechazo, Areal reseña autores que sostienen que el partidismo negativo es solo una evaluación negativa de un partido, no una identidad comparable a la positiva; su estudio intenta separar ambas cosas, pero el debate sigue abierto.
Cada estudio declara sus propios límites. Segovia y Gamboa estudian una sola elección y un solo candidato, con una encuesta posterior al voto, y piden replicar el análisis en otros contextos. Bettarelli y Van Haute trabajan con un solo país y un solo momento, dejan fuera Bruselas por falta de datos y usan un panel en línea con más personas de alta escolaridad que la población. Jacobs, Close y Pilet advierten que no pueden probar la dirección de la causa, que sus efectos podrían estar sobrestimados y que en Bélgica el voto es obligatorio, lo que limita comparar con países donde se puede no votar. Areal reconoce que su encuesta de 2020 circuló por WhatsApp y Reddit y no representa a la población: el 90 % tenía estudios universitarios, frente al 28 % de la muestra nacional, y solo el 23 % había votado por Bolsonaro, que obtuvo el 55 %. Aplica ponderaciones, pero advierte que no puede descartar que el sesgo influya en los resultados, y propone experimentos para probar el mecanismo.
Los cuatro textos están en inglés y son de acceso abierto. Para probar la idea, pregunta a cinco personas qué sienten al pensar en la política del país (enojo, miedo, esperanza), contra quién votarían con más gusto y cómo le ha ido a su colonia o municipio en los últimos diez años. ¿Qué te dice más sobre su voto: lo que sienten, a quién rechazan o dónde viven?
Referencias bibliográficas
Areal, J. (2022). “Them” without “us”: Negative identities and affective polarization in Brazil. Political Research Exchange, 4(1), 2117635. https://doi.org/10.1080/2474736X.2022.2117635 Acceso abierto: https://www.tandfonline.com/doi/full/10.1080/2474736X.2022.2117635
Bettarelli, L., y Van Haute, E. (2022). Regional inequalities as drivers of affective polarization. Regional Studies, Regional Science, 9(1), 549–570. https://doi.org/10.1080/21681376.2022.2117077 Acceso abierto: https://dipot.ulb.ac.be/dspace/bitstream/2013/350131/3/PaperRSRS.pdf
Jacobs, L., Close, C., y Pilet, J.-B. (2025). The angry voter? The role of emotions in voting for the radical left and right at the 2019 Belgian elections. International Political Science Review, 46(1), 144–159. https://doi.org/10.1177/01925121231224524 Acceso abierto (versión aceptada del manuscrito): https://dipot.ulb.ac.be/dspace/bitstream/2013/368679/3/Jacobs_Close_Pilet_Accepted_Manuscript_IPSR.pdf
Segovia, C., y Gamboa, R. (2020). Between knowing and feeling: Emotions and the vote in the 2017 Chilean presidential election. Opinião Pública, 26(3), 452–474. https://doi.org/10.1590/1807-01912020263452 Acceso abierto: https://www.redalyc.org/journal/329/32965756004/32965756004.pdf

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