Cuando observamos cómo la estructura social se transforma en identidad ante la urna, tocamos una fibra que desestabiliza los modelos más asépticos de la ciencia política. Reconocer que la ciudadanía traza fronteras simbólicas entre un «nosotros» protector y un «ellos» amenazante nos obliga a dar un paso analítico más audaz. En el ecosistema político contemporáneo, las diferencias no se limitan a un simple desacuerdo sobre la tasa impositiva o el diseño de una política de salud pública. La disputa ha descendido al terreno de las vísceras. Para comprender la parálisis de nuestras democracias, debemos explorar el concepto que hoy domina la investigación sobre el comportamiento electoral: la polarización afectiva.
Solemos arrastrar una enorme confusión conceptual en el debate público al utilizar la palabra «polarización» como un cajón de sastre. En el sentido ideológico tradicional, la polarización se refiere a la distancia espacial entre las preferencias políticas de los actores. Si el electorado o los partidos se agrupan en los extremos del espectro, abandonando el centro moderado, hablamos de un sistema ideológicamente polarizado. Sin embargo, la evidencia empírica reciente nos muestra un escenario mucho más complejo y sombrío. Podemos encontrar sociedades en las que los votantes no están tan alejados en sus preferencias por políticas públicas concretas, pero profesan una hostilidad emocional devastadora. A esto lo llamamos polarización afectiva: la tendencia sistemática de los individuos a simpatizar profundamente con su propio grupo político y, simultáneamente, a desconfiar, detestar y rechazar visceralmente a los simpatizantes del grupo adversario.
La animadversión ha sustituido al debate. El adversario político ya no se decodifica como un conciudadano con ideas equivocadas, sino como una amenaza existencial, un peligro moral o un sujeto carente de legitimidad. Esta fractura afectiva es el combustible primordial de las derechas radicales y de los nuevos oficialismos en América Latina. La lealtad no se sostiene en la eficacia de los resultados gubernamentales, sino en el miedo y el asco que produce la idea de que el «enemigo» recupere el poder.
El reto para quienes se forman en nuestra disciplina es abandonar la crónica de la indignación y aprender a medir este fenómeno con rigor empírico. ¿Cómo cuantificamos el desprecio en la ciencia política? La estrategia metodológica más extendida es el uso de los «termómetros afectivos», herramientas de encuesta en las que se le pide a la ciudadanía que califique sus sentimientos hacia distintos actores políticos en una escala de 0 (frialdad absoluta) a 100 (calidez total). La polarización afectiva se calcula midiendo la brecha exacta entre la temperatura asignada al propio partido y la asignada a los partidos rivales.
Este andamiaje de medición se vuelve fascinante cuando abandonamos el excepcionalismo estadounidense —donde nació el concepto bajo un sistema estrictamente bipartidista— y lo aplicamos a sistemas multipartidistas como los nuestros. Aquí surge un problema de investigación mayor. En México o en cualquier democracia fragmentada, un elector no tiene un solo exogrupo al que detestar, sino múltiples. El diseño de nuestros indicadores debe ponderar el tamaño de los distintos partidos y la distancia afectiva hacia cada uno de ellos para no distorsionar la realidad.
A esto debemos sumar una dimensión crucial que la literatura comparada más sofisticada, como los trabajos de Reiljan, Garzia, Ferreira da Silva y Trechsel, ha puesto recientemente sobre la mesa: la diferencia entre odiar unas siglas y odiar a un rostro. La investigación contemporánea advierte que los patrones de polarización afectiva no se dirigen únicamente a los partidos como instituciones abstractas, sino que se concentran con una intensidad asombrosa en los líderes políticos. En contextos de alta personalización y debilidad organizativa, el liderazgo actúa como el verdadero catalizador de los afectos y los rencores.
Investigar el comportamiento político hoy nos exige aceptar que la racionalidad democrática está profundamente atravesada por la emotividad. Nuestro oficio consiste en operacionalizar esa rabia ciudadana, medir sus límites territoriales y comprender bajo qué condiciones precisas el odio hacia el adversario termina por asfixiar cualquier posibilidad de construir un mundo en común.
Referencias bibliográficas
Otras puertas de esta serie
- ¿De dónde parte esta frontera identitaria que hoy medimos como polarización afectiva? → [Nosotros contra ellos: La trinchera de la identidad social frente a la urna]
- ¿Cómo se transforma esta dinámica en el contexto específico de América Latina? → [Fracturas a la medida: El rostro de la nueva polarización en América Latina]
- Categoría Ciencia Política.

Deja un comentario