Durante varias entradas, nos dedicamos a desmenuzar el concepto de polarización afectiva y a analizar cómo el odio hacia el adversario político ha sustituido al debate racional sobre las políticas públicas. Sin embargo, ese andamiaje teórico fue construido para explicar el ecosistema estadounidense, un entorno caracterizado por un bipartidismo rígido, histórico e institucionalizado. Al intentar aplicar esas mismas herramientas a la complejidad de América Latina, los marcos importados comienzan a crujir. La realidad de nuestra región exige emprender un esfuerzo de traducción y adaptación conceptuales: no podemos entender la rabia política que fractura nuestras sociedades si insistimos en navegar con el mapa equivocado.
En el debate académico tradicional, la polarización suele medirse por el alejamiento ideológico entre bloques partidistas sólidos. Asumimos que los votantes se atrincheran en los extremos del continuo izquierda-derecha para defender programas de gobierno contrapuestos. Pero cuando se observa esta fricción en el contexto latinoamericano, caracterizado por un desalineamiento crónico, una volatilidad asombrosa y sistemas en los que muchos partidos nacen y mueren con cada ciclo electoral, asumir que la ciudadanía se polariza exclusivamente por lealtades a siglas institucionales resulta un error de diagnóstico. La nueva polarización en nuestra región opera sobre fallas tectónicas mucho más profundas, maleables y viscerales.
Siguiendo los hallazgos de investigadores como Sarsfield, Moncagatta y Roberts (2024), el análisis politológico contemporáneo debe ampliar su mirada para identificar factores que movilizan afectos y rencores al margen de las etiquetas convencionales. Una de las fracturas más potentes, y que la ciencia política clásica tendió a subestimar, es la dimensión religiosa y moral. Mientras que en otras latitudes el espacio público experimentó procesos acelerados de secularización, en nuestra geografía asistimos a una intensa y calculada politización de los valores tradicionales.
La irrupción de agendas ferozmente conservadoras y la movilización de bases religiosas —con un protagonismo indiscutible de las redes neopentecostales, pero también de sectores católicos intransigentes— ha trazado una frontera moral innegociable frente a los movimientos feministas y las disidencias sexuales. Esta división no se debate con argumentos sobre política fiscal o crecimiento económico; se defiende desde el pánico moral y la fe. Estos actores no necesitan un programa de gobierno técnicamente viable; les basta con articular y exacerbar este miedo a la pérdida del orden tradicional para consolidar una base electoral fanatizada y profundamente polarizada frente a un adversario al que perciben, literalmente, como una amenaza para la familia y la nación.
A la par del factor religioso, la nueva polarización latinoamericana posee una dimensión territorial ineludible. Hablo de la histórica y lacerante división entre el centro urbano, que concentra los recursos materiales y los discursos cosmopolitas, y las periferias —tanto geográficas como sociales— que han sido sistemáticamente excluidas de las promesas de la modernización. El voto de castigo, el respaldo a liderazgos rupturistas y la desconfianza crónica hacia las instituciones democráticas a menudo se gestan en estas geografías del abandono. Las identidades territoriales se activan políticamente cuando un liderazgo logra convencer a esas periferias de que la élite capitalina es la única responsable de su precariedad. Es un choque de mundos en el que el agravio histórico acumulado se transforma rápidamente en capital electoral y en polarización en las urnas.
Finalmente, debo señalar que el componente estrictamente partidario ha mutado hacia un personalismo hipertrofiado. Ante la fragilidad de las estructuras organizativas duraderas, el conflicto político se articula en torno a figuras carismáticas, caudillos o supuestos salvadores de la patria. El electorado latinoamericano rara vez se divide hoy entre socialdemócratas y conservadores; se fractura entre obradoristas y antiobradoristas, correístas y anticorreístas, petristas y antipetristas, bukelistas y antibukelistas. El nombre propio fagocita a la institución y la polarización afectiva se concentra directamente en el rostro y la biografía del líder.
Para quienes se forman en los rigores de nuestra disciplina, este panorama supone un formidable desafío metodológico. Nuestro oficio exige diseñar herramientas de investigación capaces de capturar estas dinámicas híbridas. No basta con preguntar en una encuesta por la autoubicación ideológica del 1 al 10; necesitamos desentrañar empíricamente cómo interactúan el fervor religioso, el resentimiento territorial y la devoción identitaria hacia un líder carismático. Comprender la nueva polarización en América Latina es, en última instancia, aceptar que nuestras democracias están atravesadas por múltiples fracturas que la teoría procedimental se resistió a ver.
Referencias bibliográficas
Otras puertas de esta serie:
- ¿Qué es exactamente la polarización afectiva que aquí “latinoamericanizamos”? → [El termómetro de nuestros odios: Radiografía de la polarización afectiva]
- ¿Cómo se cruza esta nueva polarización regional con la vieja polarización ideológica? → [El abismo a dos voces: Los cruces entre la polarización ideológica y la afectiva]
- Categoría Ciencia Política.

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