Uno de los obstáculos más persistentes para quienes se inician en el análisis político es la manera en que imaginamos el poder. Nuestra intuición más primaria, alimentada por los medios y el sentido común, nos dice que el poder es una fuerza física que alguien posee y ejerce sobre otro para obligarlo a hacer algo que, de otro modo, no haría. Lo imaginamos siempre con el rostro de la policía antimotines, del dictador o del burócrata que nos niega un trámite. Si bien la coerción es un dato innegable de la realidad, reducir la política a un simple choque de voluntades físicas nos deja ciegos ante los mecanismos más profundos, duraderos y sofisticados que sostienen el orden social. La pregunta que debemos formularnos no es por qué alguien obedece ante la punta de un fusil, sino por qué la inmensa mayoría de las veces obedecemos sin que nadie nos apunte.
Para desarmar esta complejidad, conviene acudir primero a Max Weber. En Economía y sociedad, Weber nos obliga a trazar una frontera analítica crucial entre el simple poder (la probabilidad de imponer la propia voluntad en una relación social) y la dominación. La dominación es cualitativamente distinta porque implica la probabilidad de obtener obediencia voluntaria a un mandato determinado. Cuando la obediencia se estabiliza y se convierte en un hábito social, estamos ante una estructura de autoridad. Weber nos enseña que ningún orden político, y ciertamente ningún Estado contemporáneo, puede sostenerse a largo plazo apoyándose exclusivamente en la fuerza bruta; necesita ineludiblemente de la legitimidad. Es decir, requiere que los dominados abracen la creencia profunda de que quienes mandan tienen derecho a hacerlo. Ya sea por la fuerza de la tradición, por el magnetismo extraordinario de un líder carismático, o por la creencia en la legalidad de un estatuto racional, desentrañar los motivos internos de la obediencia es el primer paso para comprender la arquitectura del Estado moderno.
Sin embargo, el andamiaje weberiano, centrado en las instituciones y en el monopolio de la violencia, encuentra su límite cuando intentamos explicar cómo el orden se filtra hasta en los poros más íntimos de nuestra cotidianidad. Aquí es donde la intervención de Michel Foucault resulta tectónica. En textos como Microfísica del poder, Foucault critica lo que denomina el modelo jurídico-soberano. Advierte que hemos estado cortándole la cabeza al rey en la teoría, pero seguimos pensando el poder con las categorías de la monarquía: como algo que se posee, que se centraliza en el Estado y que funciona, fundamentalmente, reprimiendo o prohibiendo.
La tesis foucaultiana da un giro radical: el poder no solo reprime, censura o castiga; fundamentalmente, el poder productivo fabrica nuestra realidad. El poder produce saber, construye discursos y, lo más perturbador, fabrica los tipos de individuos que la sociedad necesita. Cuando analizamos el funcionamiento de una escuela, una prisión, un hospital psiquiátrico o, para actualizar el debate, las lógicas de una red social corporativa, no vemos un poder que simplemente dice «no». Vemos un poder que clasifica, examina, normaliza y entrena nuestros cuerpos y mentes. A este proceso de fabricación de identidades lo llamamos subjetivación.
Como futuros analistas de la vida pública, no pueden darse el lujo de elegir entre Weber y Foucault como si se tratara de un menú de opciones teóricas excluyentes. Analizar la crisis política en América Latina o el funcionamiento de nuestras instituciones exige una doble mirada. Necesitamos la lente weberiana para entender las fracturas de la legitimidad estatal y los aparatos de dominación formal, pero también la microfísica foucaultiana para descubrir cómo ese orden se reproduce silenciosamente en nuestras formas de desear, hablar y comportarnos.
Nuevamente, esta breve nota de clase es apenas una provocación intencional. Mi objetivo no es ahorrarles el desafío de la lectura, sino convocarles a ella. Las respuestas prefabricadas sobre cómo funciona el poder abundan en los manuales rápidos, pero la verdadera agudeza analítica solo la forjarán si deciden abandonar este resumen y enfrentarse directamente a la densidad de Economía y sociedad y de Microfísica del poder.

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