Algo que se comparte no alcanza para todas las personas por igual: las mejores flautas, unas horas de agua, un terreno. Nadie puede quedarse fuera y ninguna regla es obvia. ¿Se reparte por sorteo, por precio, por mérito, por necesidad? Responder exige algo más que describir lo que ocurre: exige un argumento normativo, una conclusión sobre cómo deberían ser las cosas apoyada en razones.
Esos argumentos se evalúan con reglas. Se pregunta qué se afirma, qué se supone sobre las personas y la sociedad, qué consecuencias tiene y cuál es la mejor objeción. Rawls y Sandel muestran dos maneras de construirlos.
Rawls (2006) presenta la justicia como imparcialidad, alternativa al utilitarismo, al que objeta que no toma en serio la distinción entre las personas. Su argumento es un experimento mental: en la posición original, las partes eligen los principios que regirán la sociedad bajo un velo de ignorancia. No saben qué clase social, género, dotes naturales o concepción del bien tendrán. Rawls considera esos rasgos moralmente arbitrarios, porque dependen de la lotería natural y social.
Las partes eligen entonces dos principios: un sistema de libertades básicas iguales para todas las personas, y desigualdades sociales y económicas solo si están vinculadas a cargos abiertos en igualdad de oportunidades y benefician al máximo a quienes están en peor posición. De ese procedimiento sigue la prioridad de lo justo sobre lo bueno: el Estado ofrece un marco de derechos y se mantiene neutral entre las concepciones de la vida buena.
Sandel (2011) contrasta esa justicia liberal y procedimental con una concepción ligada al bien común. Sostiene que la justicia es teleológica, porque definir derechos exige determinar el telos (el propósito) de la práctica en cuestión, y honorífica, porque discutir ese propósito implica discutir qué virtudes deben honrarse y recompensarse. De ahí su objeción a la neutralidad: no se puede determinar qué es justo sin discutir qué es valioso para una comunidad. Con las flautas, la pregunta de Sandel sería para qué sirve una flauta y quién la aprovecharía mejor, antes que quién puede pagarla o a quién le toca por sorteo.
Ambos responden a la misma pregunta con supuestos distintos. Rawls arma el argumento con un procedimiento imparcial y principios válidos con independencia de las concepciones del bien. Sandel lo arma con los fines de las prácticas sociales. Ante una controversia sobre redistribución o sobre derechos colectivos, un enfoque pregunta si el procedimiento es imparcial y el otro, qué propósito social se persigue.
Si el desacuerdo es parte permanente de la vida colectiva, las dos posturas pueden leerse como modos de gestionarlo: Rawls, con reglas que cualquiera aceptaría sin saber qué lugar ocupará; Sandel, con una discusión abierta sobre lo que se valora en común. Esa lectura es interpretación de esta entrada. Cada postura tiene réplicas, que aquí no se reconstruyen, y la Ciencia Política puede aportar otra mitad de la discusión: qué ocurre de hecho cuando cada tipo de regla se aplica.
Rawls es un libro extenso, y el velo ocupa pocas páginas dentro de una arquitectura mayor. Leerlo con la pregunta «¿qué se sabe y qué no se sabe detrás del velo?» ayuda a no perderse. Sandel parte de casos concretos, y leerlo con la pregunta «¿para qué sirve esta práctica?» mantiene a la vista su argumento.
¿Cómo contestaría cada postura quién recibe las mejores flautas? Una ficha por autor con la pregunta que plantea, el concepto central, lo que supone sobre las personas, las consecuencias y la mejor objeción permite ver la estructura de cada argumento.
Referencias bibliográficas
Rawls, J. (2006). Teoría de la justicia (2.ª ed.). Fondo de Cultura Económica.
Sandel, M. (2011). Justicia: ¿hacemos lo que debemos? Debate.

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