Tenemos súper comprada esta imagen arquetípica de cómo se ve el poder absoluto: un líder rodeado de militares, con tanques de guerra en las plazas principales y policías antidisturbios disolviendo cualquier manifestación. Nos han enseñado a creer que quien tiene la capacidad de aplastar a la disidencia con la fuerza física es, por definición, «poderoso». Pero la neta es que, si miramos esta escena a través del lente de la ciencia política, descubrimos que la estamos leyendo totalmente al revés.
Ese despliegue de tanques y macanazos no es una demostración de fortaleza ; es el síntoma inequívoco de un poder que se está desmoronando.
Hannah Arendt y la diferencia que lo cambia todo
Para desmontar esta ilusión óptica, resulta imprescindible volver a Hannah Arendt. Ella introdujo una distinción teórica que nos cambia el chip en la forma en que entendemos la obediencia: el poder y la violencia no son lo mismo. De hecho, son opuestos.
Para Arendt, el poder nunca es propiedad de un individuo aislado ; siempre le pertenece a un grupo y solo existe mientras esa banda se mantenga unida. El poder surge del apoyo, del consentimiento y de la acción colectiva coordinada.
Piénsalo así: cuando las instituciones verdaderamente funcionan y el gobierno tiene poder real, no necesita disparar ni una sola bala. Los ciudadanos obedecen las leyes, pagan sus impuestos y acatan las sentencias de los jueces no porque tengan un fusil apuntándoles a la cabeza, sino porque reconocen la autoridad legítima de esas instituciones. Esa obediencia voluntaria es el verdadero poder político.
La violencia como patada de ahogado
La violencia, en cambio, es puramente instrumental y surge justo cuando el poder legítimo (es decir, ese consentimiento colectivo) empieza a desaparecer. Si un Estado pierde el apoyo de la sociedad y la gente decide dejar de obedecer pacíficamente, la única herramienta que le queda al gobierno para mantenerse a flote es la represión física.
La violencia te sirve para destruir el poder, para dispersar una marcha o para encarcelar a líderes opositores, pero jamás puede crear poder. Un líder que necesita sacar a la policía militarizada a la calle para que la población cumpla sus órdenes ya perdió la autoridad y, básicamente, está gobernando en el vacío.
Desde una mirada crítica sobre nuestra región, solemos confundir la brutalidad represiva de los regímenes autoritarios en América Latina con la fortaleza institucional. Pero empíricamente, un Estado que depende del terror cotidiano para sobrevivir es un Estado súper frágil, que le tiene pavor a su propia sociedad porque sabe perfectamente que el pegamento de la obediencia voluntaria ya se rompió.
El punto de quiebre para tu escáner crítico
Te dejo esta reflexión para que le eches un ojo a la historia reciente (o al presente) de nuestra región:
Piensa en las últimas semanas de cualquier dictadura histórica o de cualquier gobierno autoritario contemporáneo. Justo antes de caer, los niveles de violencia estatal suelen alcanzar su punto máximo. ¿Crees que esa violencia final es un intento real de demostrar fuerza o simplemente la reacción de pánico de un régimen que sabe que ya perdió todo su poder legítimo?

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