Siempre que pensamos en la democracia, la primera imagen que nos asalta es la de una urna. Nos han vendido la idea —y se la hemos comprado enterita— de que el momento cumbre de nuestra ciudadanía ocurre un domingo cada tres o seis años, cuando nos formamos en el sol para depositar una boleta en una caja de plástico. Pero la neta, ¿qué sucede con el poder durante los miles de días que transcurren entre una elección y otra?
Reducir la participación política exclusivamente al acto de ir a votar es una trampa analítica muy conveniente para quienes ya ejercen el poder. Si asumimos empíricamente que el sistema político es una maquinaria que procesa demandas de forma continua, la intervención ciudadana no puede limitarse a un evento aislado de fin de semana.
El camino pavimentado de la normalidad institucional
Para mapear cómo nos involucramos verdaderamente en el espacio público, el politólogo Josep M. Vallès propone clasificar este repertorio de acciones. Por un lado, tenemos lo que la disciplina denomina las vías convencionales. Estas son todas las formas de participación que el propio sistema diseña, fomenta y regula explícitamente.
Aquí entra el voto, desde luego, pero también el afiliarse a un partido político, hacerle aportaciones financieras a una campaña, o enviar una petición súper formal (con copia para todos) a un congreso local. Básicamente, es el camino asfaltado de la normalidad institucional. Quienes participan exclusivamente por esta vía aceptan las reglas del marco establecido y confían ciegamente en que las instituciones responderán a sus demandas si siguen los procedimientos burocráticos correctos.
La vía no convencional: cuando el sistema te ignora
El conflicto estalla cuando miramos la situación de América Latina a través del lente de la teoría crítica. ¿Qué opciones reales tiene la banda de una comunidad periférica cuando los canales oficiales están capturados por las élites o, de plano, ignoran sistemáticamente la urgencia social?
Cuando el camino asfaltado no lleva a ninguna parte, la sociedad se ve obligada a recurrir a la participación no convencional. Estas acciones también buscan influir en la toma de decisiones, pero lo hacen quebrando la normalidad y operando al margen de los aburridos procedimientos institucionales tradicionales. Hablamos de las huelgas masivas, el boicot a ciertas marcas o al pago de impuestos, la ocupación de facultades o de espacios públicos, los cortes de carreteras o la desobediencia civil.
La participación no convencional genera una disrupción táctica; no busca hacer desmadre por hacer desmadre, sino crear un costo económico o social tan alto que obligue a las autoridades a escuchar una demanda que había sido invisibilizada por los canales formales.
Desde el discurso hegemónico o del gobierno en turno, estas acciones casi siempre se criminalizan y se tachan rápido en la tele como «vandalismo» o «alteración del orden público». Sin embargo, empíricamente hablando, bloquear una avenida principal porque llevas un mes sin agua potable en tu colonia es un acto profundamente racional y político. Es la única herramienta de presión de quienes no tienen el presupuesto para pagar agencias de cabildeo de traje y corbata en el congreso.
Un inventario de tu propia biografía
Te propongo hacer un inventario rápido de tu biografía política y de tu accionar en la calle.
Si eliminamos el acto de ir a votar, ¿de qué otra manera has intentado influir en tu entorno? Y frente a una injusticia que te afectara directamente a ti o a tu comunidad, ¿has tenido que recurrir alguna vez a una vía no convencional porque sentiste que llenar un formulario oficial era un mero trámite, frustrante e inútil?

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