Seguramente has escuchado en sobremesas familiares o en redes sociales la típica frase: «a este país le falta cultura» o «la gente no sabe votar». Existe una enorme tentación de pensar que si todos leyeran más libros o tuvieran títulos universitarios, nuestras instituciones funcionarían al cien por cien como un reloj suizo. Pero ojo, desde la trinchera de la sociología y la ciencia política, este concepto opera en una frecuencia totalmente distinta.
La cultura política no sirve para medir qué tan erudita es una sociedad o su nivel de escolaridad ; lo que realmente mide es cómo las personas se relacionan —cognitiva, afectiva y evaluativamente— con el poder y con las instituciones que las gobiernan.
Almond, Verba y los tres moldes de la obediencia
Para entender cómo funciona esta onda de las actitudes políticas, solemos recurrir al estudio clásico que Gabriel Almond y Sidney Verba publicaron en los años sesenta. Ellos intentaban descifrar por qué algunas democracias se consolidaban bien y otras de plano colapsaban, así que propusieron una clasificación de la cultura política en tres grandes moldes o tipos ideales:
- Cultura parroquial: El individuo apenas topa o registra la existencia de un Estado nacional. Toda su lealtad, obediencia y atención se limitan a su burbuja más inmediata: su aldea, su líder religioso o el cacique local.
- Cultura de súbdito: Aquí la banda sí reconoce que existen las instituciones y las leyes del Estado, pero su relación con ellas se limita a la obediencia pasiva. Saben que las decisiones gubernamentales les pegan directo, pero no creen tener ninguna capacidad (ni el derecho real) para influir en ellas.
- Cultura de participación: El ciudadano no solo acata las reglas, sino que se asume como un actor con agencia. Se la cree: sabe que tiene la capacidad para organizarse, exigir, protestar y modificar las decisiones del gobierno.
La trampa de culpar a la víctima
Si tomamos esta tipología clásica y se la aplicamos a México o América Latina de forma plana, el diagnóstico suele ser bien perezoso: terminamos concluyendo erróneamente que nuestras crisis institucionales ocurren porque, por naturaleza o por herencia colonial, somos sociedades de súbditos apáticos.
Sin embargo, si pasamos este concepto por el filtro de la teoría crítica, nos vemos obligados a invertir la ecuación por completo. Las actitudes políticas de la gente no caen del cielo ni vienen en el ADN; son moldeadas milimétricamente por las estructuras de dominación y poder.
Piénsalo así: si un ciudadano que habita en una periferia urbana o en una «zona marrón» no participa activamente y se comporta como un súbdito, casi nunca es por ignorancia o «falta de cultura». La neta es que esa inacción suele ser una respuesta de supervivencia cien por ciento racional frente a un Estado que históricamente solo se ha hecho presente a través de la represión, o ante un sistema de representación que ignora sistemáticamente sus demandas.
¿Cómo vas a desarrollar una cultura cívica vibrante si salir a exigir tus derechos te puede costar la libertad, o si organizar a tu comunidad te convierte en blanco directo de la gobernanza criminal? La cultura política, vista con rigor empírico, no es un defecto de carácter de la ciudadanía ; es la cicatriz que deja la violencia estructural en la mente de la sociedad.
El mapa de tu entorno
Te dejo esta interrogante para que le des una pensada observando tu propio tejido social:
Cuando miras a tu comunidad frente a una injusticia o un abuso de autoridad, ¿qué predomina más: la organización participativa o el silencio del súbdito?. Y lo más denso: ¿esa reacción te parece un rasgo de apatía natural, o es el resultado de un aprendizaje histórico sobre cómo reacciona verdaderamente el poder frente a quienes se atreven a cuestionarlo?.

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