Imagínate que tú y tu bola de amigos (unas veinte personas) arman un grupo para decidir a dónde irse de viaje de fin de cursos. Si la regla que ponen es «gana el destino con más votos», el resultado va a ser uno. Pero si cambian la jugada y deciden asignar puntos armando un ranking de preferencias, el destino ganador muy probablemente va a ser otro, incluso si nadie cambió su opinión original.
Con las elecciones nacionales pasa exactamente lo mismo, pero en lugar de pelearse por ir a la playa o a la montaña, se define el rumbo histórico de todo el país.
Tenemos súper comprado el mito de que las elecciones son un simple ejercicio de matemáticas neutrales: contamos los votos y, mágicamente, el resultado refleja la «voluntad popular». Pero la neta es que la ciencia política nos demuestra empíricamente que esa voluntad ciudadana está condicionada —y a veces hasta prefabricada— por la fórmula que elegimos para contabilizar esos votos.
Pasquino y los efectos mecánicos
El politólogo Gianfranco Pasquino nos dice que hay que ponerle mucha lupa a los «efectos mecánicos» de los sistemas electorales. Básicamente, el sistema electoral es la maquinaria mediante la cual traducimos papeles adentro de una urna en escaños legislativos; es decir, en poder político real.
Para entender el impacto de esta licuadora de votos, los politólogos dividen estos sistemas en dos grandes familias:
- Los sistemas mayoritarios operan bajo la regla de «el ganador se lo lleva todo». Su objetivo principal no es que el congreso sea un espejo perfecto de la sociedad, sino crear gobiernos con mayorías sólidas que puedan operar con rapidez.
- Los sistemas de representación proporcional buscan que el congreso sea un reflejo fiel de la diversidad de la calle. Su meta es que el porcentaje de asientos que recibe un partido sea casi idéntico al porcentaje de votos que obtuvo en las urnas.
Tecnología de poder: Aquí no hay fórmulas inocentes
Si le metemos la lente crítica a estos diseños, nos damos cuenta de que las matemáticas electorales no son nada inocentes. El sistema electoral es, antes que cualquier otra cosa, una tecnología de poder.
Veamos empíricamente cómo funciona el sistema mayoritario (como el que se usa en Estados Unidos o en el Reino Unido). Este diseño castiga durísimo a las minorías: si un candidato gana su distrito con el 51% de los votos, el 49% de la raza que votó por las otras opciones queda absolutamente sin representación. Es un sistema que distorsiona la realidad a propósito, sobrerrepresentando al ganador para darle todo el poder y sacrificar la pluralidad en el altar de la gobernabilidad.
Por otro lado, el sistema proporcional (súper común en América Latina) parece más chido y justo porque permite que casi todas las voces tengan representación. El problema es que su efecto mecánico es la fragmentación extrema. Al dejar entrar a decenas de partidos chiquitos, el Congreso se pulveriza. Esto obliga a formar coaliciones súper frágiles que muchas veces terminan paralizando las leyes o cediendo ante el chantaje de las fuerzas minoritarias para que no caiga el gobierno.
Las élites políticas se saben este cuento de memoria. Por eso, cuando en nuestro país se arman esos pleitos masivos por una «reforma electoral», casi nunca se trata de «mejorar la democracia». La realidad es que se están peleando por diseñar la regla matemática que mejor les garantice sobrevivir en el poder.
Un dilema para hackear el algoritmo político
Te dejo esta reflexión para que le des vueltas la próxima vez que vayas a tachar una boleta:
Si ya sabemos que, con exactamente los mismos millones de votos, un partido podría ser el rey absoluto bajo un sistema mayoritario, o verse obligado a rogar y negociar su supervivencia en un sistema proporcional… ¿es verdaderamente la «voluntad ciudadana» la que decide quién nos gobierna, o es la regla matemática diseñada desde el poder la que ya dictaminó nuestro destino?

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