Imagina que en tu ciudad solo hay tres aplicaciones para pedir comida. Las tres dan un servicio de la patada, cobran comisiones carísimas y los repartidores están súper precarizados. Como usuario estás harto y quieres usar otra cosa. Sin embargo, cuando alguien intenta armar una cuarta app alternativa, descubre que las tres grandes ya se arreglaron con el gobierno para poner trabas legales, requisitos millonarios y mil pretextos que hacen imposible que entre competencia real. Al final, terminas usando una de las tres de siempre, no por gusto, sino porque tienen el monopolio de la infraestructura.
Esta lógica de oligopolio o «gandallismo» empresarial ilustra a la perfección lo que le pasó a la política en México y el mundo: los partidos tradicionales se divorciaron de la sociedad y se convirtieron en un cártel.
El abandono de las calles y el refugio en el presupuesto
Hace décadas, los partidos políticos necesitaban de la gente para existir. Dependían de los afiliados, de los sindicatos, de las cuotas de sus miembros y de la militancia activa que salía a romper el zapato en las colonias para ganar elecciones.
Hoy en día, la neta es que casi nadie quiere militar en un partido tradicional; los niveles de confianza en ellos están por los suelos. Pero aquí viene lo raro: aunque la sociedad les dio la espalda, los partidos siguen más vivos y millonarios que nunca. ¿Cómo se sostiene un negocio si sus clientes ya no lo quieren?
Los politólogos Richard Katz y Peter Mair explicaron este misterio con un diagnóstico empírico implacable: los partidos mutaron hacia un modelo que bautizaron como el «partido cártel».
Al quedarse sin bases reales en las calles, los partidos políticos dejaron de mirar hacia abajo (la ciudadanía) y empezaron a mirar hacia arriba (el Estado). En lugar de financiarse con el dinero de sus militantes, modificaron las leyes para garantizarse bolsas multimillonarias de dinero público. En México lo conocemos a la perfección: es el famoso financiamiento público que reciben año con año, ganen o pierdan. Los partidos dejaron de ser agentes de la sociedad civil y pasaron a ser una estructura burocrática del propio Estado.
Bloquear la competencia para salvar el negocio
La característica más retorcida del «partido cártel» es cómo se comporta frente a los de afuera. Justo como un cártel empresarial, las fuerzas políticas que ya están adentro del sistema —aunque simulen que se odian a muerte en los debates de la tele— se ponen de acuerdo en secreto para blindar el negocio y que nadie más pueda entrar.
¿Cómo lo hacen? A través de las leyes electorales. Crean barreras de entrada absurdamente altas para los nuevos partidos o para las candidaturas independientes: te piden millones de firmas en formatos imposibles, fiscalizaciones asfixiantes y porcentajes mínimos de votación muy altos para mantener el registro.
El resultado es que la competencia política se vuelve una simulación. El ciudadano promedio de 20 años va a las urnas y siente que votar se limita a decidir cuál de las facciones de la misma élite va a administrar los recursos del país durante los próximos años. Las reglas están amañadas para que los de adentro nunca pierdan sus privilegios y los de afuera nunca puedan competir con la cancha pareja.
Una provocación frente al oligopolio
Te dejo esta pregunta para que le des una vuelta la próxima vez que veas un spot político o un debate en la facultad:
Si asumimos que los grandes partidos políticos en México operan como un cártel que vive del dinero público y bloquea cualquier competencia ciudadana real, ¿crees que la verdadera transformación de la sociedad y el debate público ya migraron definitivamente hacia fuera del sistema (en movimientos sociales, colectivas o activismo digital), o de plano estamos condenados a jugar para siempre bajo las reglas de su oligopolio?

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