Cuando te dicen «Golpe de Estado», seguro te imaginas una estética muy del siglo pasado: tanques de guerra tomando las calles de madrugada, aviones bombardeando el palacio presidencial y un general con lentes oscuros y uniforme militar tomando el poder a la mala.
Ese drama histórico todavía pasa en algunas partes del mundo, pero la neta es que hoy en día, en pleno siglo XXI, el colapso de los regímenes democráticos ya no requiere de violencia salvaje. Ahora las democracias se mueren lentamente, desde adentro, de forma súper sutil y —lo más retorcido— de manera casi 100% legal. Quienes le dan en la torre al sistema ya no son militares rebeldes, sino los mismos líderes que tú y yo elegimos en las urnas.
El gandallismo legal y la zona gris
Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, dos politólogos que se clavaron a estudiar el declive democrático global, nos meten una alerta bien densa sobre este cambio de jugada. El peligro ya no viene de afuera, sino de presidentes o primeros ministros que ganaron limpiamente su elección y que, una vez sentados en la silla, usan las propias leyes de la constitución para ir asfixiando la competencia.
A diferencia del dictador clásico que clausura el Congreso en corto, estos nuevos liderazgos operan en una «zona gris». No suspenden la Constitución; la reescriben a su modo. No cierran los tribunales; nada más cambian las reglas para meter a sus amigos como magistrados y asegurarse de que todas las sentencias salgan a su favor.
En la ciencia política llamamos a esto retroceso democrático (democratic backsliding). Es un proceso donde se van debilitando poco a poco los «guardarraíles institucionales» —esas normas no escritas que hacen que los políticos se autocontrolen y no abusen de su posición—. No hay un día final donde todo estalla; es una acumulación de reformas legales que terminan por inclinar la cancha a favor del que ya tiene el poder.
El caso Bukele y la trampa de la pura aprobación
Para ver cómo funciona este truco en vivo y a todo color en América Latina, hay que voltear a ver a El Salvador con el fenómeno del «Bukelismo».
Ahí tienes a un líder que llegó al poder con votos reales, que trae unos niveles de aprobación perrísimos en las encuestas y que es un maestro del marketing digital. El problema analítico empieza cuando usas el escáner de la disciplina: apoyado en su enorme bancada en el congreso, destituyó de un plumazo a los magistrados de la Sala de lo Constitucional, corrió al Fiscal General y cambió la interpretación de la ley para permitir la reelección consecutiva, algo que la Constitución salvadoreña prohibía explícitamente.
Si te fijas, El Salvador sigue teniendo elecciones y la gente adora a su presidente, pero empíricamente el sistema se quedó sin contrapesos. Es lo que el teórico Leonardo Morlino estudia como la degradación de la calidad democrática: se mantiene la cáscara electoral, pero por dentro se vaciaron por completo las condiciones mínimas de la poliarquía(los derechos, la libre oposición y la cancha pareja) que revisamos en los apuntes anteriores.
Un ejercicio de diagnóstico para tu feed
Te invito a que dejes tantito el mame de las redes y apliques el bisturí politológico a tu propio entorno.
Revisa las declaraciones y los tiktoks de los líderes políticos de tu país en los últimos meses, ya sean del gobierno o de la oposición. ¿Detectas a alguien que sistemáticamente use la ley para perseguir rivales, que insulte a los jueces independientes o que diga que las instituciones de control «no sirven»? Si la respuesta es sí, felicidades: tienes frente a ti los primeros síntomas de que la democracia está siendo desmantelada desde las entrañas del propio sistema.

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