Seguro te ha pasado: estás tranqui en la comida familiar del domingo, en el grupo de WhatsApp de la facultad o simplemente dándole scroll a tu feed de TikTok o X, y alguien avienta un comentario o un meme sobre política. En menos de cinco minutos, se prende el cerro. En corto empiezan los ataques, vuela el hate y la discusión se divide en dos bandos irreconciliables. La neta es que, si no te alineas al 100% con un lado, el algoritmo y la gente te etiquetan como el enemigo absoluto.
Esa tensión tan densa que se respira en las redes y en las calles de México no es un simple «mal humor social». En la ciencia política la estudiamos con un diagnóstico bien claro: nuestro sistema de partidos está sufriendo un cuadro agudo de polarización. Y la teoría nos advierte que esto casi siempre le da en la torre a la democracia.
El juego destructivo de vaciar el centro
Para entender cómo nos metimos en este callejón, hay que revisar las tesis del politólogo italiano Giovanni Sartori. Al estudiar cómo compiten los partidos, Sartori identificó una dinámica autodestructiva a la que bautizó como «pluralismo polarizado».
En un ecosistema político sano y moderado, los incentivos están puestos en ganarse al votante indeciso; ese chavo o ciudadano de a pie que está en el centro del espectro. Por lo tanto, los partidos se ven obligados a moderar sus discursos y proponer soluciones sensatas para convencer a la mayoría. Hay tiro, claro, pero se puede negociar en el Congreso.
Sin embargo, cuando el sistema se descompone, la fuerza de competencia se vuelve centrífuga: los partidos huyen hacia los extremos ideológicos y el centro se vacía por completo. El diálogo institucional se dinamita porque el objetivo ya no es sacar reformas que le hagan un paro al país, sino radicalizar la narrativa para amarrar a los votantes duros y reventar al rival.
De debatir propuestas a colgar «red flags» morales
La fractura actual ya rebasó por completo el típico debate aburrido sobre si los impuestos deben subir o bajar. Investigaciones contemporáneas en América Latina, como los trabajos sobre populismo de Raimundo Frei y Cristóbal Rovira Kaltwasser, nos alertan que el conflicto mutó y se metió directo con la identidad y las vísceras de la gente. Es lo que en la disciplina conocemos como «polarización afectiva».
La polarización afectiva ocurre cuando el adversario político deja de ser un rival legítimo con el que puedes debatir, y pasa a ser catalogado como una amenaza existencial; un enemigo moral al que hay que funar en corto para «salvar a la patria».
Bajo esta lógica, la política se lee con los mismos códigos de una relación tóxica: el que piensa diferente ya no es alguien que ve los datos desde otra perspectiva; la neta es que se le ve como una gigantesca red flag humana. El prejuicio y el rechazo social sustituyen por completo la revisión de las propuestas de gobierno.
El miedo como algoritmo de control social
Esta división salvaje no surge de la nada ni de forma espontánea entre los ciudadanos. En realidad, es una estrategia de marketing político brutalmente rentable para ciertas élites y liderazgos populistas, que además corre de maravilla sobre los algoritmos de las redes sociales.
Al empaquetar cada proceso electoral como la batalla final del Apocalipsis entre «nosotros» (los buenos, el pueblo) y «ellos» (los malos, los traidores), los líderes logran disciplinar a sus bases usando el miedo y el resentimiento como pegamento social. Lo vemos calcado en el comportamiento electoral de la región: se obliga a la sociedad a marchar en bloques ciegos.
Votar ya no se trata de elegir con ilusión un proyecto de futuro; se trata de ir a las urnas con pura ansiedad, únicamente para evitar que gane el monstruo que te vendieron del otro lado. La polarización actúa entonces como un mecanismo de control que borra los matices y expulsa cualquier alternativa intermedia.
Un dilema para activar el escáner crítico
Te dejo esta pregunta para que le des vueltas la próxima vez que te toque debatir en clase o decidir tu voto:
Si la política de trincheras te obliga constantemente a elegir «en contra de alguien» —movido solo por el pánico a que gane el extremo contrario—, ¿realmente estás ejerciendo tu libertad ciudadana para decidir el rumbo de tu sociedad, o el algoritmo del miedo ya secuestró por completo tu capacidad de elegir?

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