La apropiación táctica que hace la nueva derecha del pensamiento de Antonio Gramsci funciona a la perfección para multiplicar interacciones, organizar la militancia digital y capitalizar el enojo social. No obstante ello, cuando sometemos ese andamiaje a la luz de las interpretaciones politológicas clásicas, el barniz se resquebraja. El Gramsci de la derecha radical es un autor profundamente mutilado.
En las lecturas rigurosas de teóricos como Hughes Portelli (1973) o Christine Buci-Glucksmann (1978), la hegemonía está muy lejos de ser un mero certamen de popularidad discursiva en redes sociales. Para el pensador sardo, el Estado es un ente ampliado —la suma de la sociedad política y la sociedad civil— y la dominación exige la articulación de un bloque histórico. Es decir, el consenso cultural siempre, e invariablemente, debe estar anclado a relaciones materiales de producción.
La propuesta de Laje, por el contrario, adolece de una peligrosa hiperculturalización de la política. Se asume que ganando el debate sobre el lenguaje inclusivo o los programas de estudio se está tomando el poder. Olvidan algo que Perry Anderson (1981) advertía con insistencia: en las democracias capitalistas occidentales, el consenso de la sociedad civil siempre está blindado, en última instancia, por el monopolio de la coerción del Estado. La derecha radical se enfrasca en reyertas morales, pero rara vez toca o cuestiona la arquitectura institucional y económica de la dominación. Y tiene todo el sentido del mundo: su estridencia cultural opera como un mecanismo de distracción para preservar intactas las dinámicas de acumulación del capital.
Más grave aún resulta la miopía regional del texto. A diferencia del sociólogo Juan Carlos Portantiero (1977), quien utilizó las categorías gramscianas en los setenta para desentrañar las crisis orgánicas y el populismo desde las entrañas de nuestra periferia, la nueva derecha importa un enlatado anglosajón. Compran un modelo de «guerra cultural» diseñado para las tensiones identitarias de Estados Unidos y lo intentan injertar en América Latina, ignorando olímpicamente nuestras desigualdades estructurales, la asfixiante economía informal y la debilidad endémica de nuestros regímenes democráticos.
Disputar la cultura te puede dotar de una base de votantes fieles e hiperactivos en el entorno digital. Pero administrar el Estado, resolver demandas históricas y generar políticas públicas reales requiere mucho más que ganar una contienda imaginaria contra el fantasma del comunismo. Quien construye sobre vacíos estructurales, a la larga, solo cosecha ingobernabilidad.
Referencias Bibliográficas
Anderson, P. (1981). Las antinomias de Antonio Gramsci. Fontamara.
Buci-Glucksmann, C. (1978). Gramsci y el Estado. Siglo XXI Editores.
Laje, A. (2022). La batalla cultural: Reflexiones críticas para una Nueva Derecha. HarperCollins México.
Portantiero, J. C. (1977). Los usos de Gramsci. Cuadernos de Pasado y Presente.
Portelli, H. (1973). Gramsci y el bloque histórico. Siglo XXI Editores.

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