Adentrémonos en el taller discursivo de Agustín Laje. ¿Con qué herramientas teóricas desarma la nueva derecha al progresismo contemporáneo? Curiosamente, con las propias. Al leer con lupa La batalla cultural, es evidente que no estamos frente a un rescate ortodoxo de pensadores conservadores clásicos. Laje construye un Frankenstein teórico robándole piezas clave a la izquierda marxista y posestructuralista.
El andamiaje entero, como advertimos en la primera entrega, descansa en Antonio Gramsci. Laje extrae de los Cuadernos de la cárcel (Gramsci, 1999) la idea de que el Estado es insostenible si no se controla previamente la sociedad civil. Es un movimiento fascinante y paradójico: un manual reaccionario calcando la estructura del proyecto revolucionario italiano, pidiéndoles a las bases conservadoras que se conviertan en «intelectuales orgánicos».
Posteriormente, para dotar de carnadura a su villano —el «marxismo cultural»—, Laje disecciona la Escuela de Frankfurt. Toma a Herbert Marcuse y acierta al señalar cómo obras como Eros y civilización (1955) o El hombre unidimensional (Marcuse, 1964) desplazaron la crítica sociológica de la economía política hacia la represión sexual y psicológica. El problema analítico radica en su reduccionismo posterior: transforma una crítica estructural al capitalismo avanzado en una teoría conspirativa diseñada por élites sombrías para «destruir Occidente».
Remata la jugada acudiendo, implícitamente, a la matriz de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe. Aunque la derecha repudia públicamente el populismo, la estructura operativa de Laje bebe directamente de Hegemonía y estrategia socialista (1987). La táctica consiste en armar una cadena equivalencial de demandas dispares (nacionalistas, creyentes, defensores del libre mercado, ciudadanos ofendidos por la corrección política) y unirlas contra un significante vacío: la «progresía globalista».
No estamos ante un ejercicio de exégesis inocente, sino frente a una ingeniería del resentimiento. El éxito de la nueva derecha radica en haber adoptado las herramientas de movilización que la izquierda perfeccionó el siglo pasado, pero inyectándolas directamente en las venas del ecosistema digital actual. La teoría de Laclau sobre cómo aglutinar demandas heterogéneas encontró en los grupos de WhatsApp, las fake news y las cámaras de eco su vehículo de transmisión perfecto. La derecha entendió, con una lucidez pasmosa, que la indignación algorítmica es el adhesivo más potente para sostener una hegemonía reactiva.
Referencias bibliográficas
Gramsci, A. (1999). Cuadernos de la cárcel. Edición a cargo de Valentino Garretana, segunda edición en español; vols. 1–6. Editorial Era y Benemérita Universidad Autónoma de Puebla.
Marcuse, H. (1955). Eros y civilización. Ediciones Era.
Marcuse, H. (1993). El hombre unidimensional. Editorial Planeta Agostini.
Laclau, E., & Mouffe, C. (2006). Hegemonía y estrategia socialista. Hacia una radicalización de la democracia. Fondo de Cultura Económica .
Laje, A. (2023). Generación idiota. Una crítica al adolescentrismo. HarperCollins México.

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