Llegamos a la ironía definitiva que sostiene el discurso de la nueva derecha. Analizado con rigor, observamos una contradicción insalvable: se la pasan denunciando a los cuatro vientos el «subjetivismo» y la «política identitaria» de la izquierda, mientras construyen, a la vista de todos, una maquinaria identitaria propia, cimentada casi exclusivamente en subjetividades heridas. Bajo el seductor pero engañoso lenguaje de la «libertad» y el «sentido común», se encubre un proyecto político abiertamente antipluralista.
Detengámonos en su maniqueísmo operativo. Por un lado, la derecha radical caricaturiza las demandas de reconocimiento de las minorías (feministas, disidencias, pueblos originarios) tachándolas de «víctimas profesionales». En Generación idiota (Laje, 2023), por ejemplo, se denuncia con burla el absurdo de que la ley deba adaptarse a la autopercepción de un individuo que se siente «de cristal». Pero, del otro lado de la moneda, se promueve y legitima apasionadamente la subjetividad del ciudadano conservador que se siente «censurado» por la corrección política o invadido por la educación sexual.
El doble rasero es monumental: si el estudiante progresista se queja, es fragilidad subjetiva; si el padre conservador se indigna, es «sentido común». Elevan su propio enojo a la categoría de verdad universal. Valdría la pena recordarles que para Gramsci el «sentido común» no es la voz sagrada y pura de «la gente normal», sino un agregado inorgánico y contradictorio de creencias históricas que debe ser objeto de crítica, no de glorificación dogmática.
Al mismo tiempo, reniegan de las políticas de identidad, pero sacralizan las suyas: la familia «natural», el ciudadano productivo y los roles de género tradicionales. Venden su identidad como si no fuera una construcción política y cultural, sino el simple dictado de la biología. Esta naturalización tiene un objetivo claro: sacar sus propios privilegios de la arena del debate democrático.
El peligro de este esquema no es meramente retórico. Esta moral binaria opera como una pedagogía afectiva en internet. El algoritmo de las redes sociales monetiza este pánico moral, difundiendo fake news que convencen al conservador de que su estilo de vida está al borde de la extinción. Al hacerlo, la nueva derecha no articula la pluralidad —función vital de cualquier partido en democracia—, sino que la deslegitima de raíz. Convierte a quien piensa distinto no en un adversario electoral, sino en un enemigo existencial.
Esa es, en última instancia, la gran trampa de la batalla cultural. Negarse a reconocer que en un mismo espacio político pueden convivir múltiples formas de vida no es un acto de defensa de la libertad, es la imposición de un autoritarismo moral. Mantienen a la ciudadanía enfrascada en una guerra civil de identidades mientras, silenciosamente, el orden económico y la lógica de acumulación del capital transnacional permanecen intocables.
Referencias Bibliográficas
Gramsci, A. (1999). Cuadernos de la cárcel (Edición crítica de V. Gerratana). Ediciones Era.
Laje, A. (2022). La batalla cultural: Reflexiones críticas para una Nueva Derecha. HarperCollins México.
Laje, A. (2023). Generación idiota: Una crítica al adolescentrismo. HarperCollins México.

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