El discurso de Agustín Laje es mucho más sofisticado que una rabieta reaccionaria. Para entender la tracción real que su pensamiento ejerce sobre miles de jóvenes en América Latina, debemos abandonar la tentación de leerlo como un cruzado exclusivamente cultural. Su obra opera, en realidad, como una pinza de dos brazos. Dos aristas que interactúan constantemente para explicar el malestar del presente y que, al colisionar, producen un enemigo a la medida de sus necesidades.
La primera arista es profundamente moral. En textos como La batalla cultural (2022) o El libro negro de la Nueva Izquierda (Laje y Márquez, 2016), el autor plantea que estamos frente a un asalto dirigido a subvertir los valores tradicionales. No se trata de un simple debate académico sobre el lenguaje. Para Laje, la embestida progresista busca desnaturalizar la vida comunitaria, dinamitando la familia, la religión y el arraigo. El resultado de esta subversión es un individuo aislado, frágil, desprovisto de las redes de contención orgánicas que históricamente le daban sentido a su existencia.
Hasta aquí, el diagnóstico conservador clásico. Pero Laje da un paso más e introduce la segunda arista, la económica.
Esa subversión moral no es un accidente sociológico; se lleva a cabo para beneficiar materialmente a dos grupos muy específicos. En la cima, un puñado de magnates «globalistas» que necesitan destruir las identidades para gobernar sobre una masa de consumidores homogéneos. Y en la base, un ejército de arribistas: burócratas, directores de ONG y académicos que viven del esfuerzo del ciudadano productivo. Para la nueva derecha, el progresismo es un esquema piramidal de extracción de rentas: el burócrata inventa un problema cultural, el Estado cobra impuestos para «solucionarlo», y el ciudadano que trabaja paga la factura.
La fusión de ambas aristas es un artefacto de movilización devastador. Laje enlaza la angustia moral del ciudadano (cuyo mundo se desmorona) con su angustia material (la falta de oportunidades y el peso de los impuestos). Le dice a su lector: tu familia está en peligro y tu bolsillo está vacío por culpa de los mismos parásitos.
Aquí es donde debemos detener el análisis y mirar lo que esconde el truco de magia.
Laje inventa esta quimera para no tener que asumir los verdaderos conflictos estructurales que laten debajo de su propio proyecto político. El primero de ellos es la crisis global del capitalismo contemporáneo. Sabemos, apoyados en pensadores como Zygmunt Bauman (2000) o Wendy Brown (2015), que la gran fuerza desintegradora de la comunidad y la familia no fue un panfleto de género. Fue el consenso neoliberal de finales del siglo XX. Fue la precarización del trabajo, la exigencia de movilidad constante y la mercantilización de la vida lo que atomizó al individuo. El libre mercado desregulado que la derecha radical defiende con uñas y dientes es la trituradora más eficiente de los valores que dicen proteger.
Al negarse a formular esta contradicción, Laje fabrica fantasmas. Pero la mentira más grande de su andamiaje es el supuesto bloque homogéneo del «globalismo financiero». Si seguimos el flujo del dinero, descubrimos que el ecosistema de la derecha radical no combate al gran capital; sobrevive gracias a él. Se financia y expande a través de la infraestructura de los oligarcas tecnológicos de Silicon Valley y el capital criptográfico (figuras como Elon Musk o Peter Thiel).
No presenciamos un choque entre el marxismo cultural y el ciudadano de a pie. Asistimos a una despiadada guerra civil entre dos modelos de acumulación de capital que presentan severas fricciones entre sí, y que han elegido la moral pública como su campo de batalla.
Por un lado, el capitalismo corporativo o «inclusivo» (el de Davos). Esta fracción necesita expandir mercados globales y abrazó la agenda de la diversidad (criterios ESG). Al aliarse con el progresismo, le exigen al Estado que imponga regulaciones ambientales o cuotas de inclusión. Es una trampa rentista: ellos tienen el dinero para absorber el costo de esas regulaciones; sus competidores, no. Para este bloque, la moral inclusiva justifica a un Estado interventor que, en la práctica, les garantiza el monopolio.
Por el otro lado, el hipercapitalismo tecnológico y desregulado que financia a la nueva derecha. Para este capital, basado en la extracción de datos y el trabajo sin derechos (la gig economy), el Estado regulador es un estorbo insoportable. Su horizonte es un tecno-feudalismo sin intermediación pública.
¿Por qué confrontan tan abiertamente sus agendas morales? Porque en las democracias contemporáneas, la moralidad es el único insumo capaz de legitimar o destruir al Estado. El capital corporativo necesita la moral de la diversidad para darle al Estado una razón para regular. En contrapartida, el capital tecnológico necesita la estridencia conservadora para pintar a ese mismo Estado como un tirano adoctrinador.
Cuando Laje convence a su audiencia de que las instituciones imponen la «ideología de género», está haciendo un trabajo de demolición institucional perfecto para los intereses de Silicon Valley. Si la ciudadanía cree que el Estado es el enemigo de su familia, exigirá desmantelarlo. La agenda moral reaccionaria es el ariete político necesario para abolir la regulación económica.
Defienden genuinamente la familia y la tradición, sí. Pero al hacerlo, terminan fungiendo como la infantería ideológica de los magnates tecnológicos. Esa es la tragedia de nuestro presente. Las clases trabajadoras, asfixiadas por la precariedad, son arrastradas a pelear a muerte por sus valores. Mientras tanto, en la cúpula, las dos grandes facciones del capital utilizan esa sangre derramada en la batalla cultural para decidir quién será el dueño definitivo de la economía mundial.
Referencias Bibliográficas
- Bauman, Z. (2000). Modernidad líquida. Fondo de Cultura Económica.
- Brown, W. (2015). El pueblo sin atributos: La secreta revolución del neoliberalismo. Malpaso.
- Laje, A. (2022). La batalla cultural: Reflexiones críticas para una Nueva Derecha. HarperCollins México.
- Laje, A., & Márquez, N. (2016). El libro negro de la Nueva Izquierda. Grupo Unión.

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