Una chava de 25 años, superdotada para la práctica del deporte, hace dos días escribió un twett anunciando, para sorpresa de sus seguidores y sin decir «agua va», su retiro de la actividad profesional. Se trata de Ashleigh Barty, número uno del mundo del tenis femenil, reciente ganadora del Australia Open, primer Gran Slam del año. La razón esgrimida por la tenista es «estoy agotada, ya no tengo el impulso físico, las ganas emocionales ni todo lo que se necesita para desafiarte a ti mismo en lo más alto del nivel». ¿Qué requerirá el «alto nivel» para que alguien que en se encuentra en la cima de su especialidad, a una edad considerada de plenitud para la práctica de dicho deporte y sin acusar lesiones de gravedad, pueda sentirse agotada?
El episodio, desapercibido para el gran público que ocupa su atención entre la guerra de Ucrania, la pandemia, la crisis económica y las historias de éxito -para compensar tanta mala onda-, remite inmediatamente a la historia de Naomi Osaka, quien también en la plenitud de sus capacidades físicas y en lo alto del ranking mundial del tenis, decidió en 2021 abandonar el torneo de Roland Garros aduciendo padecer ataques de ansiedad. Si bien ha vuelto a la práctica del tenis profesional, sigue dando muestras de su fragilidad psicológica y con frecuencia repite episodios de ansiedad. Hace pocos días, durante el desarrollo del torneo de Indian Wells, la tenista abandonó el campo de juego llorando ante los insultos de algunos aficionados.
Las historias relatadas parecen, a simple vista, estar relacionadas con mujeres y tenis. Sin embargo, el día de hoy, en una entrevista para un canal de televisión de paga, el jugador de futbol profesional Marcos Rojo, que milita en club Boca Juniors de la primera división de la Argentina confesó necesitar de asistencia psicológica para poder estar a la altura de lo que demanda el deporte de alto rendimiento, no sólo para afrontar las exigencias de la competencia sino para evitar sufrir las lesiones graves y prolongadas que lo habían aquejado durante los últimos años y que lo habían alejado de su participación en la liga inglesa, una de las cinco más cotizadas del futbol mundial.
Los tres acontecimientos pueden ser acompañados de algunos eventos algo más lejanos que involucraron también a deportistas superdotados que tuvieron que lidiar con los costos de la alta competencia: Michael Phelps, Lance Amstrong, Diego Maradona, por citar sólo algunos casos emblemáticos. En todos ellos, la alta competencia y el éxito absoluto indujo conductas patológicas.
Evidentemente, la conclusión inmediata que surge de la revisión de los casos es que sólo deportistas extremadamente «fuertes» desde el punto de vista psicológico pueden superar los desafíos de la alta competencia, que les «débiles» terminan abandonando, requiriendo terapias profesionales o recurriendo a las drogas. Nuestra propia exigencia como espectadores y aficionades estaría creando una competitividad destructiva, un circo romano. El problema hasta aquí estaría afectando a una minoría de personas superdotadas para la práctica del deporte que están dispuestas a intentarlo.
Otras conclusiones son igualmente importantes. El deporte de alto rendimiento no sólo es una industria altamente lucrativa para los que invierten en ella y quienes participan de la actividad -directa o indirectamente- sino que se trata de una industria cultural que performatiza diversas manifestaciones del «éxito» para otros fines. Les exitoses son «emprendedores» que lo superan todo: la competencia feroz, la actividad permanente, la ausencia de descanso, las largas jornadas, la degradación de los cuerpos, la violencia de consumidores que sólo quieren consumir triunfos. Son triunfadores aún cuando viniendo, en la mayoría de los casos, de los sótanos de la sociedad son capaces materializar sus sueños. Trasladado a la vida cotidiana, la industria del deporte transmite las veinticuatro horas del día un mensaje a los consumidores: sean exitoses en un mundo con escasas oportunidades, en el que sólo unos pocos superan la exigencia, tengan en cuenta que para serlo deberán sortear las expectativas de consumidores de sus esfuerzos que como ustedes frente a la pantalla o en las gradas de un estadio son extremadamente difíciles de satisfacer y sólo quieren lo mejor.
Una segunda conclusión adicional. La violencia se legitima cuando se trata de apedrear a les «débiles de espíritu» a quienes «apestan», como dijera el espectador, capaz de pagar una entrada en Indian Wells, refiéndose a Naomi Osaka. Quienes fracasan o no saben sostener el triunfo «apestan», merecen el insulto, el agravio, la degradación. Llevado, nuevamente, a la vida cotidiana el mensaje significa que los que no pueden ser «emprendedores exitosos» merecen vivir una vida miserable, de exclusión y oprobio, merecen ser apedreados, no merecen ayuda alguna sino la exclusión. Si se trata de una crueldad cuando involucra a una pequeñísima minoría de jóvenes físicamente privilegiados que no «dan el ancho» que se puede decir cuando convierte en infrahumanos a miles de millones de personas en el mundo. Por lo pronto, la hegemonía cultural de la industria del deporte transmite que sólo es legítimo ser lobos o tiburones, mientras seguimos viviendo como hienas. Parafraseando a Chico Buarque, «tírenle piedras a Naomi, tírenle piedras a Ashleigh», o, cuando menos, ignórenlas.

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