Hace tiempo atrás, cuando el futbol mexicano sufría el agotamiento del predominio de los intereses de las grandes televisoras, un conjunto de nuevos empresarios futboleros vino a revitalizar el negocio. Asociados a los poderes políticos, como en el caso del Pachuca, o a los grandes consorcios empresariales, como en los casos de Guadalajara, Santos, Tigres, Monterrey y, posteriormente, Xolos, invirtieron grandes sumas de dinero para recuperar la competitividad y la visibilidad del futbol mexicano. Para dinamizar la industria del futbol los empresarios recién arribados invirtieron mucho dinero en plantillas de jugadores, modificaron las políticas de indumentarias y merchandising, construyeron nuevos estadios e instalaciones periféricas, etc. Paralelamente, propiciaron la aparición de «grupos de animación» que dotara al futbol mexicano de un folclore y una estética que reemplazara a unos usos y costumbres demasiado locales. Se trataba de modernizar la estética del futbol mexicano.

Esta estrategia supuso la profesionalización de unos grupos de simpatizantes para acelerar el tránsito de los usos y costumbres tradicionales a los modernos, al tiempo que se pretendía conservar una parte del comportamiento tradicional de los asistentes mexicanos a los estadios de futbol: su comportamiento como espectadores similar al que se observa en cualquier manifestación cultural. Los simpatizantes profesionalizados no necesariamente se identificaban con los equipos a los que se integraban como «grupos de animación» y su integración se produjo mediante la asimilación de estrategias de animación que no formaban parte del lenguaje ni de las formas predominantes en la mayoría de los simpatizantes externos a estos grupos. La profesionalización tuvo, inicialmente, como retribución el acceso gratuito a los estadios, el financiamiento de los traslados, la provisión de indumentaria oficial del club e, incluso, algunas prestaciones salariales.

En una segunda etapa, las dirigencias de los equipos de futbol dieron a los «grupos de animación» la predominancia en algunos negocios en los alrededores de los estados (comida, souvenirs, banderas, etc.). La generosidad de las prestaciones y de las concesiones atrajeron a nuevos integrantes, ajenos al grupo inicialmente contactado por los dirigentes, y de nuevos grupos. Paralelamente, los «grupos de animación» poseían una capacidad organizativa y de gestión que sólo se utilizaba una vez a la semana y que, por lo tanto, estaba disponible para otras actividades el resto del tiempo.
Teniendo en cuenta la extensión y la capacidad económica de las bandas del crimen organizado en México sólo un milagro hubiese impedido que estos «grupos de animación» no fueran tentados para utilizar su capacidad organizativa para ponerla al servicio de dichas bandas, así como fueron contratadas para actividades de movilización diversas.

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