Los que perpetraron las agresiones en el estadio La Corregidora de Querétaro pretendían que sus acciones fueran vistas en México y en todo el mundo por millones de personas, no hace falta ser muy intuitivo para percibirlo. De haber querido pasar desapercibidos, los agresores hubieran podido violentar a sus oponentes fuera del estadio y lejos de las cámaras de televisión, haciendo de la agresión un hecho invisible a los ojos de la mayoría de la sociedad y del mundo. De hecho, ello sucede en México de manera cotidiana. Decenas de miles de personas han desaparecido sin dejar huellas, sin ninguna primera plana ni mención en horarios prime. La violencia busca siempre transmitir un mensaje, la pregunta en cada caso es a quién. En esta ocasión, no pareciera ser tan importante para los agresores agredir como el ser vistos agrediendo de una manera desmesuradamente agresiva, impiadosa. El destinatario del mensaje no fue el directamente agredido ni la comunidad a la que pertenece sino el público masivo, espectadores y televidentes.
Los hechos de La Corregidora fueron especialmente puestos en escena. Desde al menos una semana antes de los acontecimientos, los principales medios de comunicación (que hoy se dicen indignados) y las redes socio-digitales prepararon el escenario recordando al público que los queretanos habían sido humillados en 2007 por el Atlas de Guadalajara (su rival en el partido del pasado sábado) y por sus simpatizantes al enviar su equipo al descenso. La mayor parte de los que acudieron al estadio y de los que presenciaron el partido por televisión estaban alertados de que los queretanos se sentían agraviados y de que ese sentimiento presagiaba malos momentos. No se explicaba bien a bien por qué ahora, y no en los quince años previos, correspondía saldar la deuda. No se explicaba, tampoco, por qué los queretanos esperaban que la reparación no se produjera por la vía deportiva. Quienes vieron las imágenes de las agresiones en el resto del mundo fueron puestos en autos antes de ser proyectadas. Nadie se sorprendió por la agresión sino por su magnitud y su tenor.
Los medios masivos y las redes socio-digitales alertaron a las autoridades y a los organizadores del partido acerca de la posibilidad de que se produjeran actos de violencia. Con ello buscaban poder presumir el adelanto más que apoyar a quienes ya estaban avisados. Al hacerlo construyeron otro de los elementos fundamentales de la puesta en escena: proyectaron la idea de que los agravios entre contrincantes futboleros se reparan mediante el ejercicio de la violencia y que esto, si bien no justifica, sí explica el comportamiento de los simpatizantes. El fracaso deportivo autoriza la venganza violenta en el código futbolero.
No debería sorprender, a estas alturas, la naturaleza machista de dicho código. La derrota deportiva es percibida como una afrenta al honor y a la virilidad y sale del plano deportivo para transformarse en un asunto de “hombría” dirimible en un campo de batalla. Un ejercicio de “hombría” que no puede remitirse al duelo directo y aislado, secreto, entre ofensores y ofendidos, sino que debe ser público como pública fue la ofensa. La necesaria publicidad del acto remite a las inseguridades inherentes a la masculinidad en la sociedad patriarcal: si me han visto humillado me habrán de ver reivindicado. La construcción del estadio como campo de batalla, real y simbólico, fue acompañado por la acción de los medios de comunicación y las redes socio-digitales. Las imágenes comentadas por unos y otros proyectaron la idea de que un estadio de fútbol no es un espacio para la «familia», es decir mujeres, niñas y niños, sino un espacio para hombres jóvenes y adultos capaces de comportarse como guerreros que defienden el honor y la virilidad. Los campos de fútbol volverán a ser, de ahora en más, un espacio de hombres para resolver asuntos de «hombría» con publicidad masiva.
Los medios de comunicación y las redes socio-digitales se encargaron de construir otro de los elementos de la puesta en escena machista. Los grupos de simpatizantes «organizados» deben ser desaparecidos porque les es inherente el actuar conforme al código futbolero. Los hombres de los “grupos de animación” son por naturaleza agresivos, irrefrenables e irreflexivos, no se puede esperar de ellos (como de cualquier hombre) un ejercicio de contención del deseo; expuestos a la tentación nada los detiene, son bestias enajenadas, descontrolados, bárbaros, inadaptados, barbajanes, pura naturaleza. La opinión pública adoptó la idea de que es imposible construir modos diferentes de relación social que los incluya. La naturaleza siempre emerge.
Más allá de otros mensajes que valdrá la pena indagar, los hechos del 5 de marzo expusieron la masculinidad en cadena nacional, proyectada por satélite a todo el mundo y expuesta tanto por los agresores directos así como por los constructores institucionalizados o no del discurso patriarcal vigente (autoridades, dirigentes, empresarios, periodistas e influencers). La violencia en el estadio La Corregidora promovió exclusiones, permitió volver a marcar un territorio y a reivindicar unas formas. ¿Habrá sido casualidad que esto sucediera tres días antes del 8M? ¿Habrá sido casualidad que se produjera en el único estadio de México que lleva nombre de mujer? En cualquier caso, se trata del aviso de un sistema patriarcal que anuncia que pretende reconquistar territorios perdidos y que está dispuesto a seguir dando batalla.

Deja un comentario