En México se produce un paradójico debate entre neoliberales keynesianos y neoliberales distribucionistas, extraños personajes que, aún cuando se les atribuya honestidad en sus intenciones, sostienen discursos plagados de contradicciones.
Los representantes de las grandes empresas, que durante cuarenta años impulsaron el libre mercado, la reducción del déficit fiscal, la integración comercial, la especialización productiva y la privatización de servicios públicos y de los recursos naturales, hoy se visten de microempresarios, preocupados por pagar la renta del local, la nómina de cinco empleados, los impuestos, las tarifas y a sus proveedores, en un marco en el que se reducen sustancialmente las ventas (y las pocas que hay se realizan a plazos, generando además problemas financieros), y piden al Estado que genere adrenalina económica mediante grandes transferencias de recursos públicos hacia las empresas privadas. Hoy son todxs microempresarios; hoy todos están preocupados por el «salón de belleza» de la esquina.
A la hora de pedir, argumentan como si la economía estuviera cerrada, todas las empresas fueran iguales y se enfrentaran a los mismos retos. La inyección de dinero en la economía produce, según estos grandes empresarixs, empleo y derrama económica, pero nunca aclaran dónde se cierra el ciclo en el marco de la economía global. A ellxs no les importa porque la inyección de dinero dinamiza sus empresas y les permite realizar sus inversiones. Lxs proveedores, los empleos, los negocios y los empleos indirectos, e incluso el pago de impuestos, en una economía global, no siempre se generan en los países cuyos gobiernos realizaron la inversión inicial de recursos públicos. Por otra parte, esos proveedores pequeñxs que, en tiempos de las economías cerradas, abastecían de bienes y servicios a las empresas más grandes han sido sustituidos, en el marco de la economía global, por grandes empresas globales proveedoras de esos bienes y servicios. El dinero llega demasiado tarde a las microempresas, al «salón de belleza de la esquina». A lxs sindicalistas empresariales no les importa, porque, en realidad, no buscan el crecimiento económico sino la reactivación de las empresas que representan. Lo que en el marco de economías cerradas tenía sentido no parece serlo ahora. Vaciar una pipa de agua en una cisterna puede ser útil para el consumo humano; vaciarla en el mar no.
Estos grandes empresarios, mutados a keynesianos, no piensan en financiar la demanda a partir de un estado de bienestar que expanda derechos; proponen medidas anticíclicas inmediatas (suspensión del pago de impuestos, financiamiento público blando, suspensión de regulaciones que generan costos de producción, inversiones públicas en grandes obras de infraestructura asignadas a empresas privadas, etc.) financiadas mediante endeudamiento público. Es decir, en la medida en que buscan liberar capital de sus obligaciones fiscales, laborales, medioambientales y financieras, pretenden una transferencia extraordinaria de recursos desde la sociedad hacia las empresas mediante el endeudamiento público.
Lxs representantes de lxs grandes empresarixs nunca piensan al revés. Nunca piensan en dinamizar desde abajo porque lxs de abajo, al tener necesidades primarias insatisfechas, nunca trasladan la totalidad de lo que se les entrega en el consumo de los bienes y servicios que producen las grandes empresas. El camino es demasiado indirecto para ellas. También lo es al revés: la derrama económica de las grandes empresas nunca llega en cantidades y en el tiempo necesarios para satisfacer las necesidades primarias insatisfechas. La estrategia propuesta por los grandes empresarios es postergar estas necesidades, pero no se puede dar el lujo de reducir sus necesidades de financiamiento público para que no se desplomen sus tasas de ganancia.
La sombra principal que se yergue sobre la teoría de la derrama desde arriba, además de la economía abierta y globalizada, es la escasez de generación de empleo. El capitalismo global, con sus enormes necesidades de movilidad y flexibilidad de recursos, genera cada vez menos empleos por unidad de inversión. Las grandes inversiones de las grandes empresas tienen impactos laborales cada vez más escasos y cada vez más precarios, muy pocos empleos generados por las grandes empresas escapan a esta lógica. De hecho, las empresas globales sólo subsisten mediante la precarización del trabajo y la degradación del medio ambiente. Es más, las condiciones de la crisis global de salud pública generada por el COVID-19 servirán de pretexto para sustituir más empleos y precarizar muchos de los que aún se mantienen protegidos por las legislaciones laborales de los gobiernos del Estado de Bienestar y sus similares.
La lógica del capital global produce estructuralmente desocupación, precarización, marginación, deterioro del medio ambiente y privatización de la prestación de los servicios públicos básicos, incluso en condiciones de crecimiento económico sostenido.
La vuelta a Keynes propugnada por los organismos multilaterales de crédito, por los grandes empresarios, por los medios especializados y por los gobiernos de derecha de las principales «democracias» del mundo, pretende ampararse en la legitimidad de las políticas implementadas en el siglo XX, pero oculta las condiciones estructurales y las intenciones con las que quieren ser utilizadas en el siglo XXI.
En primer lugar, la economía previa al New Deal estaba experimentando una fase de desarrollo tecnológico que requería del consumo masivo nacional de bienes y servicios, la economía del primer tercio del siglo XXI se encuentra en una fase de desarrollo tecnológico en la que se requiere consumo intensivo no masivo global. Mientras que la primera requería una situación cercana al pleno empleo y salarios estables a largo plazo (la famosa preocupación de Henry Ford en relación a que todos sus trabajadores pudieran tener un automóvil Ford), la segunda no (Jeff Bezos no pretende que sus drones consuman los productos que se venden por Amazon). La estrategia de financiamiento público anticíclico y expansión de los derechos del Estado de Bienestar iba a ser acompañada en el siglo XX por una economía basada en el empleo del trabajo humano intensivo por parte de las empresas privadas, hoy no.
Por otra parte, quienes propugnan hoy por la vulta de Keynes no pretenden la expansión de derechos. La economía capitalista global contemporánea sólo es eficiente si se reducen los derechos, y esta necesidad ha sido convertida en políticas públicas implementadas sistemáticamente en los últimos cuarenta años. Hoy nos sorprende la precariedad global de los servicios de salud pero no es más que una consecuencia necesaria.
El déficit endémico en la creación de empleos, más allá de las necesidades de reactivación económica inmediata producida por la crisis mundial de salud, requerirá no de medidas anticíclicas sino de la creación sistemática de empleos con lógicas diferentes a la eficiencia capitalista. Si lxs neoliberales keynesianos realmente quisieran aplicar fórmulas keynesianas al siglo XXI no estarían pidiendo exenciones fiscales, transferencias de recursos a las empresas, grandes obras públicas de infraestructura financiadas por el Estado y operadas por las grandes empleas, estrategias, todas ellas, muy favorables a las empresas pero poco productoras de empleos permanentes de calidad, deberían estar solicitando la creación de empleos públicos financiados con impuestos progresivos en áreas abandonadas de la actividad económica (porque no responden a los criterios de eficiencia empresarial) pero que son indispensables para una vida digna.
Lxs neoliberales distribucionistas, por su parte, pretenden mediante transferencias directas circunstanciales generar condiciones dignas de existencia para las mayorías excluidas, en un marco de disciplina fiscal, un sistema impositivo regresivo, grandes obras de infraestructura y falta de fuentes de financiamiento.
En el fondo piensan con la misma lógica que la de lxs neoliberales keynesianxs pero al revés. Puede parecer un acto de justicia distribuir desde abajo, pero esta distribución está pensada como una medida pasajera, anticíclica, preocupada en reactivar por el lado de la expansión de la demanda. De allí que no se construya una estrategia de renta básica universal, sino de becas y de apoyo a adultos mayores, por tomar solo un ejemplo, o que se intenten instrumentar grandes obras de infraestructura para generar empleos temporales.
La lógica de fondo coincide en que una vez dinamizada la economía (desde abajo o desde arriba), ésta será capaz de generar un equilibrio socialmente eficiente a largo plazo. Esta esperanza es infundada.
Si quieren generar bienestar sostenido, estos neoliberales distribucionistas deberían crear condiciones estructurales para una distribución más justa de la riqueza socialmente producida, para una sociedad cada vez más incluyente (como ideal regulativo) y digna de ser vivida. Y esas condiciones estructurales suponen el compromiso social de producir lo necesario y de manera adecuada, aunque no sea eficiente según la lógica del capital. En lugar de un Tren Maya, decenas de miles de escuelas para que lxs niñxs no tengan que caminar kilómetros para acceder a ellas; millones de maestrxs para eliminar de raíz las escuelas multinivel y los grupos de alumnos multitudinarios; decenas de miles de consultorios públicos de atención médica primaria de cercanía; cientos de miles de médicxs para atenderlos; centros comunitarios en todo el país para atender la crisis humanitaria que significan las diversas formas de violencia que enfrentan lxs ciudadanxs de todos el país y la puesta en marcha de estrategias comunitarias de mitigación. En lugar de rescatar la producción de petróleo, la investigación y el desarrollo, e impulsar nuevas formas de energía alternativa. En lugar de créditos fiscales para las grandes cadenas comerciales multinacionales, decenas de miles de cooperativas para la producción y distribución de productos agropecuarios sustentables, decenas de miles de puntos de venta de proximidad para el acceso de los habitantes a dichos productos. Todas estas, entre otras, medidas deberían implementarse, financiarse socialmente mediante un sistema impositivo adecuado y ser autogestivas para evitar la burocratización de sus actividades.
El debate entre unos y otros está determinado por una misma esperanza infundada. La esperanza de que el capitalismo sólo necesita un empujoncito y providad de propósitos para que agarre envión nuevamente. Eso no va a suceder.

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