Retomando el hilo de nuestro texto anterior, el modelo del Estado-nación en el fútbol no solo se está agrietando, sino que también está entrando en una crisis profunda de identidad. Los mercados globalizados y las migraciones transnacionales han roto la ecuación lineal entre donde naces, donde trabajas y a quién representas, generando reacciones de odio.
El fenómeno de los migrantes y sus hijos disputando la identidad de «pueblo y nación» resulta destacable. La decisión de para qué selección jugar se ha convertido en un acto que cruza la pertenencia afectiva, la identidad diaspórica y el cálculo profesional. Pensemos en el paradigma histórico de Zinedine Zidane, nacido en los barrios periféricos de Marsella de padres inmigrantes argelinos, quien llevó a Francia a la cima del mundo. Hoy vemos constantemente el efecto espejo: jugadores nacidos y formados en Francia que optan por representar a Argelia, el país de sus padres.
Los datos recientes son demoledores para el purismo nacionalista. En la Copa del Mundo de 2022, la selección de Marruecos hizo historia al llegar a semifinales con un plantel en el que 14 de sus 26 jugadores habían nacido fuera de territorio marroquí. Lejos de ser un episodio aislado, la tendencia se ha profundizado en este mismo Mundial 2026, donde Marruecos volvió a hacer historia al alinear hasta once futbolistas nacidos fuera del país en el once titular, de un plantel con diecinueve jugadores nacidos en el extranjero (La Razón; Fútbol Centroamérica). Un caso aún más radical es el de Cabo Verde, cuyas selecciones suelen estar integradas casi en su totalidad por miembros de su diáspora nacidos en Europa. Los hijos y nietos de la migración poscolonial, nacidos en las antiguas metrópolis, hoy tienen el poder de decidir su afiliación, lo que invierte las viejas dinámicas de extracción de talento.
Todo esto desnuda una contradicción, que reproduce a la perfección lo que ocurre en el mercado laboral global y expone la doble moral de las posturas conservadoras. Estos sectores reaccionarios son sumamente tolerantes —o deliberadamente pragmáticos— cuando se trata de dejar pasar mano de obra altamente calificada, pero denuncian de manera altisonante y punitiva cuando quien pretende ingresar es un trabajador no calificado.
El fútbol institucionaliza este clasismo migratorio. Un ejemplo nítido son las reglas de contratación en el fútbol inglés: el sistema de Governing Body Endorsement (un candado basado en minutos con la selección y en un esquema de puntos que también pondera el nivel de la liga de origen, el valor de transferencia y el salario, aunque los minutos internacionales siguen siendo el criterio más pesado) permite y celebra la llegada de futbolistas extranjeros, pero bajo un filtro sumamente elitista, pensado para el migrante VIP, para el trabajador hiperespecializado que garantiza espectáculo y rendimiento económico.
Sin embargo, cuando ese filtro utilitarista se desdibuja y la diversidad multicultural se vuelve innegable al vestir la camiseta nacional, la respuesta social suele ser brutal. Y aquí la maquinaria del odio opera con doble moral. Si una selección diversa pierde o un jugador falla un penal decisivo, la extrema derecha y un sector de la afición les recuerdan inmediatamente su origen o su color de piel. Dejan de ser ciudadanos para volver a ser, a los ojos del racismo, simples inmigrantes tolerados.
Pero la contracara es igual de violenta: cuando una selección multicultural triunfa, la reacción conservadora busca deslegitimar la victoria, argumentando que ese equipo, en el fondo, «no pertenece» a ese país. El éxito no apaga el racismo, solo lo obliga a cambiar de táctica para vaciar de sentido la nacionalidad de los campeones.
No hablo de anécdotas aisladas. Antes de que la Francia pluricultural ganara el Mundial del 98, Jean-Marie Le Pen ya declaraba en televisión que aquella era una selección «artificial» compuesta por extranjeros; su hija, Marine Le Pen, repitió el guion en 2010 al hablar de jugadores con «otra nacionalidad en el corazón». Más de dos décadas después, la deslegitimación cruzó el océano: el famoso cántico entonado por un sector de la afición y de los jugadores argentinos en los últimos años («juegan en Francia, pero son todos de Angola… en el documento, nacionalidad francesa») opera exactamente bajo la misma lógica.
Lo notable es que este mismo Mundial 2026 ha mostrado que ese discurso ya no habita solo en los márgenes de la extrema derecha, sino que se ha vuelto perfectamente presentable en el mainstream del espectro político. El 13 de julio, un día antes de la semifinal entre España y Francia, el expresidente español Mariano Rajoy escribió en el diario El Debate que Francia jugaba «muy bien» pero «sin franceses», insinuando que sus jugadores de origen migrante no eran «realmente» franceses. La reacción institucional fue contundente: la portavoz del gobierno francés calificó las palabras de «abyectas»; el canciller Jean-Noël Barrot las llamó «patéticas»; y el ministro del Interior, Laurent Núñez —él mismo descendiente de emigrantes andaluces en la Argelia francesa—, las tildó de «totalmente inaceptables» (BBC Mundo; RTVE). El episodio confirma el argumento central de este texto mejor que cualquier ejemplo histórico: cuando un expresidente de gobierno reproduce sin matices la retórica de Le Pen, la «pureza nacional» deja de ser una obsesión marginal y se revela como una tentación estructural del propio Estado-nación.
La obsesión por la pureza también permea el debate público institucionalizado y, en este Mundial, ha escalado a un ritmo que la propia FIFA reconoce. Semanas antes de la Eurocopa 2024, una encuesta de la televisión pública alemana ya había revelado que uno de cada cinco ciudadanos prefería ver «más jugadores blancos» en su equipo nacional. Dos años después, tras la eliminación de Alemania a manos de Paraguay en dieciseisavos de este Mundial, el defensor Jonathan Tah —nacido en Hamburgo, de padre marfileño— fue objeto de una oleada de odio racista por fallar el penal decisivo; la Federación Alemana tuvo que salir a condenar públicamente los mensajes, y circuló incluso un bulo (desmentido por la propia Deutsche Welle) sobre una supuesta recogida de firmas para excluir a jugadores «africanos o musulmanes» de la selección (RTVE – VerificaRTVE). El mismo texto de verificación documenta un fenómeno que merece mención aparte: imágenes islamofóbicas generadas con inteligencia artificial contra el español Lamine Yamal, y un audio con la voz clonada de un narrador argentino afirmando que Francia «es una selección africana». La vieja deslegitimación identitaria ya tiene, en 2026, su versión sintética: el odio no solo se grita en las gradas, sino que también se fabrica con IA generativa y circula como si fuera información verificada.
La FIFA, por primera vez, está midiendo esta escalada con cifras duras: su sistema de monitoreo detectó 89 mil publicaciones ofensivas y ocultó 181 mil comentarios abusivos en la primera etapa del torneo, abriendo más de mil investigaciones contra usuarios; el racismo fue, con el 11% del total, la categoría de abuso más frecuente. La comparación con Catar 2022 es contundente: solo en la fase de grupos de aquel Mundial se habían detectado unas 6,700 publicaciones ofensivas, es decir, trece veces menos que ahora, incluso ajustando por el aumento de contenido analizado (Vanguardia).
O pensemos en la legisladora paraguaya Celeste Amarilla, quien, tras la eliminación de su selección, se burló en redes sociales del origen y la educación de Kylian Mbappé en términos racistas y clasistas. Vale la pena matizar el desenlace de este episodio, porque complica ligeramente la tesis de la impunidad: la reacción no se limitó al terreno simbólico. Mbappé la calificó públicamente de «despreciable»; la Federación Francesa de Fútbol presentó una denuncia penal; la fiscalía de París abrió una investigación que podría derivar en una pena de hasta un año de prisión y una multa de 45,000 euros; la ONU condenó los comentarios; y hasta el propio gobierno paraguayo, incluido su presidente, se distanció de ellos (Wikipedia — Controversias de la Copa Mundial de la FIFA 2026). La estrategia discursiva sigue siendo la misma —si eres negro o tienes raíces no europeas, eres un impostor—, pero el costo institucional de decirlo en voz alta empieza, al menos en algunos casos, a ser real.
Ese mismo Mundial también mostró que el mecanismo de «impostor racial» no se limita a los jugadores: alcanza a cualquiera que se identifique públicamente con una selección diaspórica. El 3 de julio, durante el partido de dieciseisavos entre Argentina y Cabo Verde en Miami, el streamer estadounidense IShowSpeed —transmitiendo en vivo con la camiseta de Cabo Verde— fue rodeado por aficionados argentinos que le gritaron insultos raciales y le dijeron que «se fuera a llorar al zoológico». La FIFA calificó el episodio de abuso racista y abrió una investigación (Wikipedia). El racismo que describe este texto, entonces, no solo vigila quién puede vestir la camiseta de la selección «correcta»: también castiga a quien elige simpatizar con la selección «equivocada».
El racismo que vemos derramarse en las gradas, en las encuestas, en la política institucional y ahora también en contenidos sintéticos generados por IA no es pasión deportiva mal canalizada. Es el pataleo violento de quienes ven colapsar su ficción favorita: la de un Estado-nación racial y culturalmente homogéneo. El fútbol, al exponer la diversidad real y las contradicciones de nuestras sociedades impulsadas por las diásporas, se ha convertido en un espejo que a muchos les resulta insoportable mirar —y este Mundial 2026, que se juega mientras escribimos, es la prueba más reciente y mejor documentada de esa incomodidad.
Fuentes y Referencias Consultadas
- BBC Mundo. (2026). Polémica en Francia por declaraciones de Mariano Rajoy.
- Claro Sports. (2026). ¿Cuál es la selección con más futbolistas nacionalizados y cuál es su origen?
- Expansión. (2026). La migración y la diáspora redefinen el mapa del talento en el Mundial 2026.
- Fútbol Centroamérica. (2026). Dónde nacieron los 19 jugadores extranjeros que tiene Marruecos en el Mundial 2026.
- La Razón. (2026). Marruecos hace historia en el Mundial 2026: junta en el campo a once jugadores nacidos fuera del país.
- Olympics.com. (2026). Mundial 2026: Jugadores nacidos en otro país.
- RTVE. (2026). Negar a la selección francesa es negar la idea de Francia.
- RTVE – VerificaRTVE. (2026). Bulo sobre recogida de firmas para excluir a jugadores africanos o musulmanes de la selección alemana.
- Semana. (2026). Fracking deportivo: Veremos el Mundial de fútbol 2026 conscientes de que es un evento racista.
- Vanguardia. (2026). La FIFA detecta 89 mil mensajes ofensivos en el Mundial 2026; el racismo lidera los ataques.
- Wikipedia. (2026). Controversias de la Copa Mundial de la FIFA 2026.

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