El fútbol está lleno de frases hechas. Afirmaciones tales como «los jóvenes ganan partidos y los veteranos ganan campeonatos», «técnico que debuta gana», «los equipos se arman de atrás hacia adelante», entre otras muchas , forman parte de la biblia de este deporte. Uso deliberadamente la palabra biblia para denotar no sólo que se trata de verdades incuestionables, sino también por tratarse de un artículo de fe, y, como tal, basta con creer en ellas para encontrar indicios frecuentes que ratifican su incuestionabilidad. Esto, obviamente, no da cuenta de un hecho específico de la religión o del fútbol. Todas las comunidades se constituyen a partir de relatos y máximas que les dan identidad. Aquello que todo integrante de ese mundo debe saber para poder pertenecer a cada uno de ellos. Muchas veces estos relatos y máximas están llenos de ambigüedades y contradicciones. Las iglesias, por ejemplo, requieren argumentaciones complejas para combatir la idolatría y al mismo tiempo establecer los símbolos de su propia identidad. Estructuras de relatos más simples, como las del fútbol, no podían estar exentas de estas dificultades.
Una de las frases futboleras que mayores consensos genera es aquella que reza que a los hinchas sólo les interesa ver ganar a su equipo. Entre líricos y pragmáticos las diferencias al respecto se centran en el impacto de los mecanismos para alcanzar el éxito. El argumento de un entrenador lírico no es que le gusta perder o que prefiere perder a jugar mal. Nadie es contratado para fracasar y muy pocos creen que la estética carezca de funcionalidad. Esta posición ideológica sostiene que jugar bien es el camino adecuado para alcanzar el éxito y definen un concepto específico del jugar bien. Eso es todo.
La cuestión, sin embargo, no es si nos gusta más ganar o perder. El hincha de un equipo va al estadio o lo sigue por los medios de comunicación aún sabiendo que puede no ganar. Muchos de los cánticos de las hinchadas hacen una virtud de la lealtad a sus equipos con independencia de los resultados. La lealtad de los simpatizantes de la mayor parte de los equipos del mundo no podría justificarse si lo único que le interesara fuera el éxito. Son muy pocos los equipos que salen campeones y hay muchos simpatizantes que nunca han visto a sus equipos conquistar un título y sin embargo los siguen. Si a esos simpatizantes se les preguntara si dejarían de ver a sus equipos porque no ganan, la respuesta seguramente sería negativa. Por supuesto que los equipos que pierden sistemáticamente tienen menos simpatizantes que los demás. Pero son muy pocos los equipos que no pueden generar en sus seguidores la esperanza de que tal vez a partir del siguiente partido cambie la mano. No es sólo ganar lo que nos mueve, nos mantiene fieles la esperanza de hacerlo. La alegoría religiosa vuelve a ser deliberada.
Tras el campeonato conquistado en 2008, Riquelme dijo que los hinchas de Boca no habían celebrado suficientemente el logro porque en la última década habían conquistado tantos títulos que ya no los alegraba demasiado una nueva vuelta olímpica. Ganar sistemáticamente también aburre. Ver al Barcelona, sin duda un equipo de época, nos genera la ilusión de formar parte de la historia. Nos habilita para transmitir a las siguientes generaciones las proezas de este equipo que no tiene rivales, nos convierte en autoridades para evaluar el futuro, tenemos el parámetro para comparar a todos los demás. Podremos decirles a los más jóvenes «tú porque no viste al Barcelona de Messi». Sin embargo, se está volviendo muy previsible. Cada nuevo título logrado, cada nuevo triunfo ante el Real Madrid en cualquier circunstancia, acumula razones para que la única razón por la que veamos al Barcelona sea para constatar que es capaz de perder. Muy poco para el fútbol. Pronto comenzará a resultar tedioso verlo si la superioridad sigue siendo tan notable.
Sin alcanzar las dimensiones del Barcelona, en las últimas semanas se han presentado situaciones de superioridad manifiesta. Esta situación en el boxeo, por ejemplo, lleva a la suspensión del combate. Tigres de la UANL se paseó por toda la liguilla sin generar en momento alguno la sensación de que podía ser derrotado por algún contendiente. Boca salió campeón invicto con doce puntos de distancia del segundo sitio. Y la Universidad de Chile obtuvo la Copa Sudamericana con total holgura, siendo superior a su rival en todos los momentos y circunstancias del juego. Por supuesto que los hinchas de Tigres, con casi treinta años sin ser campeón, los de la U, primer equipo chileno en ganar la sudamericana y primero en conquistar un título internacional en el Estadio Nacional de Santiago, o los de Boca, después de tres años de sinsabores y en el mismo año en que River descendió de categoría por primera vez en su historia, están al igual que los del Barcelona, de parabienes. Pero sus triunfos no estuvieron precedidos de esas circunstancias épicas que les dan a los logros esos niveles tan elevados de adrenalina que los hace tan estimulantes. El Maracanazo hace más campeón a Uruguay que al Brasil del ’70, más allá de las estadísticas. Aún los triunfos más notables si no están acompañados de incertidumbre son menos triunfo.
Pero además de hinchas de equipos, el fútbol vive de hinchas del fútbol. Los hinchas de equipos son hinchas del fútbol. Se trata de un juego relacional, no de un solitario. La suerte del juego depende de todos. La ausencia de expectativas la agradecen los beneficiarios y sólo por un tiempo, después se aburren. Como proceso colectivo la falta de incertidumbre es una catástrofe. Todos se preparan para ganar siempre, pero todos pueden gozar de este juego porque no lo logran. Si se consigue, se acaba el juego. Como hinchas de equipos buscamos el éxito permanente, como hinchas del fútbol existimos sólo si eso no es posible. Un típico trade-off entre beneficios individuales y colectivos. ¿Será que el fútbol nos está enseñando algo? Por eso, por el bien de todos, que pierda el Barcelona. A pesar del enorme gusto que produce el verlo jugar, está matando al juego.

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