Le escuché decir a Horacio Pagani, legendario periodista del diario Clarín de Buenos Aires, que el fútbol de selecciones nacionales es aburrido, porque el lunes uno no puede burlarse de nadie. Supongo que lo mismo ha de suceder en plazas futboleras donde hay un solo equipo. De allí que se trate de ciudades donde el fútbol se viva con frialdad o bien se requiera movilizar algún otro tipo de símbolos para darle vitalidad a la afición. Un buen ejemplo de esto sería el caso del Nápoli de Italia, que requiere recrear el conflicto norte-sur para darle sentido a la competencia.
Lo que quiero decir, es que el fútbol, evidentemente, requiere de rivalidades. Para el futbolero es tan importante el día del partido como el día siguiente. El estadio requiere de dos tribunas para tener sentido. Los partidos sin simpatizantes del equipo visitante necesitan de un destinatario imaginario de los mensajes de la afición. ¿Qué sentido tendría jurar fidelidad eterna a unos colores si no hay otros? Las aficiones se definen en relación con las demás, de allí que aún los más acérrimos contrincantes se necesiten.
Enfrentar el día después al amigo, vecino, colega, compañero de la escuela, del trabajo, etc. que es hincha del equipo contrario es un verdadero desafío y prueba del estoicismo y la lealtad respecto de un equipo. El juego consiste en gozar del triunfo y probar la fidelidad en la derrota.
La proximidad del adversario es un hecho fundamental. Se pierde dimensión del desafío si uno no se tiene que exponer frente al otro. La otredad en el fútbol es necesariamente irreductible y próxima. No es casualidad que la mayor parte de los clásicos se de entre equipos de una misma ciudad, o al menos en estos casos se viven más intensamente. Perder frente al Barcelona puede significar para el madridismo la pérdida de un campeonato o la derrota frente a un proyecto -de país, de fútbol- opuesto, pero perder frente al Aleti supone convivir con la vergüenza. Sufre más una derrota contra el Atlas un simpatizante de Chivas que vive en Guadalajara que una frente al América. No porque el rival sea más grande, sino porque está más cerca.
Jugar bonito no constituye la esencia del fútbol. Ni siquiera ganar. Su naturaleza íntima es la rivalidad. Un buen empate, un empate necesario o un empate heroico sirve igual a los fines de la rivalidad. El fútbol no es un hecho estético unilateral, no es una obra de teatro. Si ha de ser un hecho estético, el fútbol es la representación de la disputa dentro y fuera de la cancha, dentro y fuera del estadio. Un buen partido no es aquel en el que uno juega muy bien, incluso bonito, sino un partido disputado, un partido donde hay incertidumbre. Cuando alguien disfrutaba viendo al Barcelona multicampeón, se involucraba estéticamente. Daba gusto verlo jugar. Sin embargo, esa no es el alma del fútbol. Ganar siempre no es fútbol, aunque sea lindo. La vivencia del juego bonito muere con el silbatazo final. No hay rivalidad ni discrepancia siquiera cuando uno es tan superior al otro. La vivencia del fútbol estético no se traslada a ningún otro ámbito.
El fútbol requiere de la rivalidad de identidades en pugna. Adscripciones voluntarias auténticas. Es más probable que alguien adopte una nueva nacionalidad a que renuncie a su identidad futbolera. Allí está su belleza, el sentirse parte de una comunidad de desconocidos, el rivalizar con los más próximos, el poner en juego el orgullo cada semana, el desafío de defender la pertenencia aún en la derrota.
Pero allí donde está su belleza está su principal peligro. El fútbol teatraliza los conflictos sociales. La dignidad que no logramos defender frente a los dueños del dinero, frente a la arbitrariedad de las autoridades, frente a la intromisión cotidiana en nuestras vidas, la canalizamos en la defensa de la honra futbolera.
No es de llamar la atención, entonces, que la rivalidad identitaria del fútbol derive en violencia. Más aún en sociedades fracturadas, poco apegadas a las reglas, cansadas de los atropellos, sin margen para el manejo de las frustraciones.
El intento de descafeinar la pasión futbolera no soluciona el problema, le agrega otro. Si lo que se busca es combatir la violencia y los desbordes de la defensa de la identidad, las causas están en otro lado. En las sociedades cada vez más injustas, en la corrupción, en la mercantilización de todas las cosas.
El fútbol es un juego y no debe dejar de serlo. Lo que sí debemos encarar es la construcción de sociedades que no requieran disfrazar sus conflictos. Renunciar a la rivalidad futbolera no garantiza que podamos canalizar civilizadamente nuestras diferencias. Cuando se dice que los negocios han colonizado al mundo del fútbol ¿estarán hablando de esto? ¿se referirán a que los conflictos del capitalismo se trasladaron adentro de un estadio? Si no lo hacen, deberían hacerlo.

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