Debe ser difícil ser hincha de una empresa. Cuesta trabajo imaginar a alguien que, sin formar parte de su staff, de los familiares de éstos o de sus accionistas, pueda decir, por ejemplo, «lástima que mi empresa favorita este año tuviera menos ventas que el anterior (o menos ganancias o no fuera tan eficiente)»; o, del lado positivo, «mi empresa favorita ha sido campeona en ventas». Mucho más difícil de imaginar sería la identificación con una subsidiaria o una división de la empresa (con las excepciones ya mencionadas). No es común encontrar a alguien diciendo «soy simpatizante de la división tuercas y tornillos de la metalúrgica X» o «soy fanático de la subsidiaria de pasteles de la panificadora Y». En cambio, es relativamente frecuente enfrentarse a manifestaciones positivas o negativas respecto de los productos de estas empresas. Escuchar a alguien decir «no compraría nunca un automóvil de la marca X» o «me encanta el modelo de celular de la marca Y» no nos resulta sorpresivo.
La diferencia entre un hincha (partidario entusiasta de un equipo deportivo, según la vigésima segunda edición del diccionario de la RAE) y un consumidor (persona que compra productos de consumo) o cliente (persona que utiliza con asiduidad los servicios de un profesional o empresa) es notable, aunque no necesariamente se trate de roles excluyentes frente al fenómeno del fútbol.
El primero es un seguidor que acompaña a su equipo con independencia de los resultados o de la satisfacción que produce (o al menos no busca un equipo alternativo frente a la adversidad). Muchas veces, incluso, la actuación de un equipo es francamente no placentera (aún en el mediano y largo plazo), sin producir ninguna acción de salida permanente. Es difícil ver que alguien claudique de su filiación futbolera. Por otra parte, la elección del equipo nada tiene que ver con su calidad. Esa elección se encuentra profundamente determinada por identidades y pertenencias sociales fortísimas que, entre otras cosas, dan unidad a familias y diversos colectivos sociales. El consumidor o el cliente es un individuo que toma decisiones en función de la utilidad. El hincha nunca es un individuo ni la utilidad es su norte.
La naturaleza del hincha no le impide ser, al mismo tiempo, consumidor o cliente. El merchandising es una manifestación poderosa del consumo futbolero, pero se trata de una actividad parafutbolera (permítase el neologismo). Cuando se habla del «negocio del fútbol» sería bueno establecer una distinción entre ambas cosas. La relación primaria entre el hincha y su equipo no es de consumo y su mercantilización somete el juego a la lógica del capital, es decir, a la búsqueda de la rentabilidad por encima de la pasión, la estética y la identidad que un equipo de fútbol supone (por eso es posible hablar de competencia en lugar de juego). Esto no significa que los clubes de fútbol tengan que ser deficitarios ni mal administrados.
El fenómeno de la privatización de los clubes de fútbol no es nuevo. Eso no lo hace menos problemático. Transformar en empresas lucrativas a las identidades colectivas produce, entre otras cosas, desestructuración social y búsqueda de identidades alternativas (no siempre lícitas). Pero la cuestión no termina allí. Si en algunos países las asociaciones civiles se han transformado en empresas, en otros forman parte de corporativos de empresas de negocios variados. Si la primera transformación supone la mercantilización del juego, la segunda lo somete a la lógica de los negocios no futboleros. No sólo es una empresa sino que es una subsidiaria de un corporativo diseñado para otros múltiples fines.
Pongamos un ejemplo trivial sólo con fines ilustrativos (no se intenta demonizar a nadie). Cuando los directivos de la empresa de medios de comunicación Televisa, en México, dicen que el equipo de fútbol América debe dar espectáculo porque forma parte de la mayor empresa de entretenimientos del país, están sometiendo la lógica del juego a la de los negocios corporativos (aunque en algunos casos pueda ser beneficioso). Por otra parte, la corporativización empresarial del fútbol ha dado cabida (al menos en México) a la multipropiedad de equipos. Aquí lo que se somete a la lógica corporativa no es ya un equipo sino un conjunto de equipos. Si la privatización supone la mercantilización del fútbol, la transformación del juego en competencia; la multipropiedad sustituye esa competencia por las estrategias oligopólicas. De hinchas a consumidores, de consumidores a clientes cautivos. Si en cualquier negocio esto supone una pérdida de libertad por parte del consumidor, en el caso del fútbol, en la que la opción de salida del hincha es nula, se trata de un crimen (delito grave).
Y después nos preguntamos ¿qué podremos hacer para acabar con la violencia?

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